NEGATIVIDAD, DESASTRE Y ERROR
Morales Solá y la literatura infantil

La Villa VilEl Hospital HostilPor: Juan Terranova. “Seas quien seas, vivas donde vivas y te persiga quien te persiga, tanta importancia tendrá a menudo lo que leas como lo que no leas” así empieza La Villa Vil de Lemony Snicket, el séptimo libro de “Una serie de catastróficas desdichas”. Es posible que el lector recuerde a los hermanos Baudelaire, los tres huérfanos que protagonizan la saga, por su oscura y adorable versión fílmica del 2004 que tuvo a Jim Carrey haciendo del cruel y ambicioso Conde Olaf. La adaptación agarró al vuelo la mezcla de absurdo, violencia y estética decimonónica de los libros y es ideal para ver con sobrinos a los que uno quiere sacar del conservadurismo mágico de Harry Potter. Sin embargo, recordé la frase, en un contexto muy diferente. Mi amigo, el que trabaja en la legislatura, intentaba convencerme de que reseñara –en contra, por supuesto– el libro de Joaquín Morales Solá, Los Kirchner. La política de la desmesura (2003-2008). Lo habíamos visto en una vidriera de Florida hacía cinco minutos. Todos los libros en fila, uno atrás del otro, bien alineados, esperando a los compradores. “Seas quien seas, vivas donde vivas y te persiga quien te persiga, tanta importancia tendrá a menudo lo que leas como lo que no leas.” Es una buena frase.

Cerveza en Pichín

Después de la calle Florida, nos fuimos a tomar una cerveza a Pichín. Avenida de Mayo venía bien, como siempre, pero Piedras estaba imposible de tráfico. Eran las siete y media de la tarde de un jueves.
— Terra, hay que salir a trabarlo... ¿Te acordás cuando dijo que iba a pedir asilo político en el Uruguay? Se hace la víctima, es insoportable…
— No vale la pena, eso ya está cocinado —le respondí.
Según tengo entendido Los Kirchner. La política de la desmesura (2003-2008) es una antología de las columnas que Morales Solá publicó en La Nación, las cuales leí en su momento, un poco fastidiado seguramente de que ese fuera “el diario mejor escrito” de la Argentina. Si la cosa viene por ahí, es un libro blindado, con el cuál no se puede dialogar. Desmantelarlo punto por punto es desarmar una heladera sin motor: no sirve para nada. Mejor dejarlo suelto, que haga su vida, que encuentre sus lectores, que joda lo menos posible.
— ¿Y ahora qué estás leyendo? —me preguntó mi amigo.
Ahí le conté de La Villa Vil de Lemoney Snicket.

Literatura infantil

La Villa Vil es ya desde el título algo interesante. Con un abogado de nombre Poe, un detective Dupin y unos trillizos Quagmire –en referencia quizás al dibujante Joshua Quagmire–, entre otros muchos otros guiños, la saga cuenta el deambular triste pero sobresaltado de los hermanos Bauldeaire, huérfanos por un terrible incendio y permanentemente asediados por el conde Olaf, su tío, que busca quedarse con la fortuna familiar. Por su parte, La Villa Vil empieza con Violet Baudelaire leyendo el diario y quejándose de cómo el periodismo tergiversa la realidad: Se habla de mellizos cuando son trillizos, escriben mal los nombres propios, se confunden datos básicos... También hay situaciones que retratan de forma simple pero puntual cómo los que tiene un poco de poder no escuchan y los que saben manejar la burocracia son a menudo los que critican todo y no hacen nada. Hay algo del mejor Tim Burton en el libro. Los cuervos taciturnos que habitan los cielos, los techos y los postes de la villa son casi un homenaje al autor de La melancólica muerte del niño ostra. De hecho, ese aire de oscuridad, venganza y malicia que se siente mientras avanza la narración pone el relato muy lejos de lo que entendemos por “literatura infatil”.
— Sí —me sorprendió mi amigo, el de la legislatura—, a veces somos muy prejuiciosos con esas cosas.

La desmesura

Los libros de Lemoney Snicket, lejos del mundo rosado que le atribuimos a la infancia, plantean desde el vamos, la relación entre tragedia, prohibición y deseo. Por ejemplo, cuando dice, entre el marketing y la complicidad: “Las desgracias infortunios y traiciones que aquí se refieren son de tal magnitud que te ruego encarecidamente que no sigas leyendo ni una palabra más”.
— La negatividad, el desastre, el error —dije al final a mi amigo—, generan mejores narraciones que la alegría.
— Bueno, viejo —respondió él—, eso también lo sabe Morales Solá.
Con esa me mató.
Después, pedimos otra cerveza y discutimos un rato más por qué la gente podía comprar Los Kirchner. La política de la desmesura (2003-2008). Mi amigo estaba convencido de que la clase media alfabetizada argentina, siempre histérica e inconforme, necesita un bálsamo de indignación y un buen chivo expiatorio para poder justificar su eterno malestar.
— Malestar antes espiritual que económico —dijo, al final.
Yo no estaba tan seguro.
— Espiritual en el sentido económico —se corrigió.
Me quedó menos claro. Aceptó que no se estaba expresando bien.
— Mirá, lo que digo es que al porteño medio de su angustia política no lo sacás con nada. Es la Gata Flora. Cuando se la meten…
Lo corté. Había entendido.

Brutalidad

“El que lucha con mierda, pierda o gane sale enmerdado” decía Lucero, antes de tirarle el tintero por la cabeza al diablo. Y tenía razón. Le faltó confirmar que hay cerdos de corral a los que les encanta la basura. (Cuando surgía la cuestión en medio de una charla, mis abuelos usaban el verbo “refocilarse”.) Dejé a mi amigo en Avenida de Mayo y Diagonal y volví a casa y encontré el prologo del libro de Morales Solá colgado en La Nación. La cosa ya empieza mal de entrada con el breve copete recursivo que presenta el texto: “Anticipamos a continuación el prólogo del nuevo libro del autor de esta nota”. Lo que sigue es esquemático hasta la mentira, está lleno de errores, de apreciaciones fáciles y de simplificaciones estructuradas para la indignación del lector que llega ya preparado para indignarse. Morales Solá habla de Duhalde como “eterno enemigo” de Menen, cuando todo el mundo sabe que fue su vice. También pretende explicar el triunfo de Kirchner por la continuidad de Lavagna y saca ideas de la cantera de frases comunes argentinas como “Kirchner desplegó una campaña electoral prometiendo cosas que nunca cumplió”. Si esto ya resulta epidérmico hasta la risa, más adelante escribe que “Es imposible rastrear en la historia un caso parecido al de Kirchner, por lo menos en sus formas tan brutales de construir poder”. Pero, ¿a qué historia se refiere Morales Sola? ¿Y Rosas y los indios, Roca y el tren, y la década infame, y la durísima y compleja sucesión de golpes de estado que sufrió la Argentina durante el siglo XX? ¿Qué entiende Morales Solá por “brutales”?

El escritor taxi

En un blog perdido, encontré la tapa de Los Kirchner. La política de la desmesura (2003-2008). Es amarilla y negra y me hizo acordar a la chapa de un taxi porteño. Y entonces creí entender una cosa de vital importancia: los taxistas de Buenos Aires piensan como piensan porque leen a tipos como este, o hablan con gente que lee a tipos como este, o escuchan programas de radio baratos. Y entonces me iluminé: “con un medio así, cualquier taxista puede ser comentarista político, si se dedica”. ¿Había tomado demasiado esa noche? Es posible. Al rato, me aburrí y apagué la computadora. Terminé de leer La Villa Vil pero no empecé el otro libro que tengo de Lemoney Snicket, el número ocho de la saga, de título El hospital hostil. Me lo quiero guardar por si antes de fin de año llega a salir algún libro sobre política nacional. Desgraciadamente, es muy probable.

{moscomment}