SOBRE EL LIBRO TRASH
Basura reciclada

TRASH DE ALEJANDRO SESELOVSKYPor: Adriana Amado. La basura se ha convertido en la crítica favorita de muchos intelectuales y razón de escándalo en diversos programas de radio. Pero claro que no ésa que se arroja por toneladas debajo de la alfombra de los suburbios y que habla de nuestra voracidad consumidora. Tampoco de la que revuelven miles de argentinos todas las noches para buscar el sustento entre las sobras que derrama el modelo nacional y popular. La basura que verdaderamente despierta  comentarios indignados de conciencia social es la de la televisión argentina. Nada mejor que la TV de baja calidad para estimular los pensamientos más viscerales, la crítica más políticamente adecuada, esa que deja la sensación de que uno es culto por el simple hecho de repudiar esos programas llenos de freaks y de historias vulgares. Como si pegarle a esos monigotes fuera un mérito para acceder al parnaso de la gente bien piensante. ‘Pegale, que se ve que les gusta’ parecen decir los que no se permiten ver el programa de Anabella Ascar porque ellos solo usan la televisión para educarse.

Por suerte, Alejandro Seselovsky ve esos programas, ve esos personajes y ve más allá. Como que demuestra que ver TV basura no solo no te impide ser uno de los mejores cronistas que tiene el periodismo argentino sino además escribir un libro  que ofrece razones  que la crítica fácil esquiva cuando habla de los mediáticos. Con el espíritu loable del recuperador urbano, quiso reciclar esa “basura” que el pontificante Juan Pablo no alcanza a contrarrestar con sus clases de Heidegger en canal “Encuentro”, y le salió un libro, Trash, que es una forma más cool de decir eso mismo.

Ahí ves que el pibe no teme meter la mano en la bolsa de consorcio que encierra a Lully Pop con Pampita Ardohain, Johnny Allon y el ex de Adriana Aguirre, Ricardo Fort con Chiche Gelbung. Y no lo hizo una noche, sino muchas en las que se metió ahí donde se amontona el relleno sanitario de mediáticos, como la fiesta de Papparazzi. Y tan densa experiencia le permite, de pronto, encontrar la clave que explica esa costumbre de producir programas baratos con carne de cañón. Ya lo repite Ken Brockam, el del noticiero de los Simpsons: en la búsqueda de la verdad, los periodistas no dudan en enfrentar los más difíciles desafíos. Uno de ellos encontró a Alejandro en la limosina contratada por Sandy González, travesti más conocida su supporting rol en Mauro Viale Alive, tratando de llegar a la XVII Marcha del orgullo gay de Buenos Aires. Parece que ni el chofer ni la cana tenían muchas ganas de perpetrar el crimen de jugar a Hollywood en Plaza de Mayo. Pero en el primer control policial, la experta en sociología contemporánea González peló el salvoconducto que abre las puertas en estos mundos líquidos:

-Dejame pasar, soy conocida.

Por supuesto que la valla se abre, y Sandy amortiza los 150 mangos por hora que le cobró el cuentapropista de la Lincoln Town Car Executive. Porque si algo se cotiza en este mundo podrido es ser conocido. Que a veces es equivalente de ser re-conocido. Por estos tiempos, nada hay más escaso que la mirada del otro, ésa que te confirma “te estoy viendo, sos vos”, condición insuficiente pero necesaria para ser alguien en esta sociedad de nadies.

Lo más jodido de asumir para sus detractores es que esta “basura” logró desde su escatología más cambios sociales que muchos partidos revolucionarios. Ahora es fácil mandar la gacetilla con el nuevo deneí de Florencia de la V(ega). Pero ¿quién le puso el pecho de silicona a la lucha en los noventa?, ¿quién daba espacio a la diversidad en esa época?, ¿cómo fue que mi diariero hoy sonríe cómplice y no se escandaliza cuando me ofrece la revista con los amoríos de Emiliano de Gran Hermano con una travesti? No fue gracias a los documentales de los canales que no ve nadie, sino por los cachetazos de mal gusto con los que estos personajes irrumpieron en nuestra vida. Lo lamentamos, pero nos salió así. ¿Podría haberse hecho de otra manera? Y ahí me viene a la mente el recorrido tortuoso que relata Osvaldo Bazán en su ineludible Historia de la homosexualidad en la Argentina. Con una honestidad intelectual de guapos, Osvaldo reconoce como hitos televisivos de la lucha de la diversidad sexual dos programas que jamás digeriría la mejor progresía: la entrevista que Mariano Grondona hizo a Roberto Jáuregui en “Hora clave”, y sendas mesas de Mirtha Legrand donde Roberto Piazza y Pepito Cibrián se expresaron con una claridad lacerante que no se vio en otros espacios.

Menos mal que existen periodistas como Osvaldo y Alejandro para recordarnos que la vida aparece en todos los lugares. Especialmente en los ámbitos más hostiles es donde muestra su mayor obstinación. No en vano hay antropólogos contemporáneos que dicen que en la basura se encuentran los perfiles más profundos e inconfesables de nuestra humanidad. Como en la tele.

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