MUJERES REALES
La vida al taco

Tacones y Umberto EcoPor: Adriana Amado. Una publicidad de desodorante muestra una conductora televisiva obligada a sacar registro para subirse a unos zapatitos colorados, altísimos, agujísimos. La mujer sortea sin traspirar y sin soplar pruebas tales como evitar dejar el taco entre las tablas de una pasarela, tocarle la pierna a un caballero sin desgraciarlo, bailar en una disco. O sea, nada complejo y nada relacionado con el día a día cualquier mujer. Ya sabemos: no hay vida arriba de los cinco centímetros de altura. Lo comprobé dramáticamente el día en que, antes de perder definitivamente la ola hippie chic del verano 2011, decidí subirme a unas plataformas de madera. Dejo constancia en mi declaración ante el juez que se trataba de unas discretas suelas que apenas llegaban a la mitad de esos doce centímetros, promedio, sobre las que andan montadas algunas criaturas, apenas compensadas por una plataforma de una pulgada. Si los míos fueron lo suficientemente saboteadores como para complicarme el día, no quiero imaginar lo que debe ser pararse en esas alturas cargando cincuenta kilos, en el mejor de los casos, sobre dos palitos del grosor de una lapicera. Pero alcanzaron para entender por qué los hombres casi siempre llegan primero a los lugares donde hay que llegar. ¡Caminás más rápido cuando no tenés que pensar todo el tiempo en el peligro de un esguince inminente!

De mi experiencia directa de patear la ciudad sobre unas plataformas de madera es que propongo que el señor Sarkany, si quiere ofrecer un registro de portación de taco alto verdaderamente útil para la sociedad, debería incluir otras pruebas. Pruebas que tengan que ver con mujeres reales y no con las que solo van de la sala de maquillaje al estudio televisivo. Y de paso, tratar él también de sortearlas: en tanto proveedor de productos con impacto social no puede menos que probar en carne propia lo que vende. Algunas pruebas que demostrarían si los zapatos y sus usuarias están aptas para la vida social serían:

-Bajar la escalera del subte E, estación Pellegrini, a las 8.50 hs. de cualquier día hábil en el momento en que están subiendo los pasajeros que intentan hacer combinación con las otras líneas.

-Empujar un chango cuyas ruedas tengan más autodeterminación que joven egipcio con tuiter. Hacer la cola para pagar la compra y llevarla a casa.

-Subir y bajar del subte sin agujerear ningún empeine, ni perder los zapatitos en la montonera. Pueden elegirse varias locaciones de riesgo:

1.Subte D. Estación Tribunales. Para que la prueba sirva tiene que ser después de las 17 hs.

2.Subte C: Estación 9 de julio o Constitución. En este último caso, si va con los zapatitos del aviso, recomendamos hacerlo con algún elemento para defensa personal y con el registro de antecedentes penales, en original (en la Comisaría 18 no admiten fotocopias para demostrar la inocencia).

3.Subte A: Cualquier estación y cualquier hora, pero en los vagones viejos, los de madera, tratando en lo posible de no dañar el material rodante.

-Caminar cuadras buscando monedas para subir al 60 que va a Escobar (más de $ 7 pesos ida y vuelta). O esperar en la parada, sin bajarse de las alturas, hasta que llegue una unidad con lector de tarjeta SUBE en funcionamiento.

-Subir al 60, ramal Escobar. O al 96, La ideal de San Justo. O similar.

-Bajarse del 60 o similar, en cualquier parada después de la frontera capitalina, y llegar a algún destino. El primero que se muestre receptivo.
 
Hace unos años, en un artículo maravilloso (“El pensamiento lumbar”), Eco relataba sus peripecias un día en que se le ocurrió ponerse un pantalón que correspondía a una época en la que estaba más delgado. La presión permanente de las costuras en sus partes comprometidas le impidió, contaba don Umberto, concentrarse adecuadamente en sus tareas y menos todavía en sus pensamientos. De ahí que reflexionaba acerca de la restricción que había significado para la vida pública e intelectual de la mujer estar siempre apretada en corsés, reducida por minifaldas, desbordada de escotes, apunada en tacos altos. Y la verdad es que los zapatitos colorados del aviso son muy bonitos, pero nada trascendente se esperaría de su portadora. O sea, que además del trabajo de llevar ese calzado y de poder pensar en simultáneo, la sociedad te impone la tarea adicional de demostrar que sos algo más que una mina de las que creen que se puede pasar el día a más de diez centímetros del piso.  Aunque deben ser muchas, si hay publicitarios que piensan que son suficientes como para venderles desodorantes.

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