EXCESO DE COMUNICACIÓN/
Demasiada información

foto que apareció en cable de la agencia Telam/Por: Adriana Amado. Comunicar no es fácil. Nada fácil. Algunos creen que se trata de informar mucho de cuestiones convenientes, evitar a toda costa las inconvenientes, estimular los halagos, ahogar las críticas, y que con eso el balance de mensajes quedaría del lado positivo. Pero no. La comunicación no es una cuestión de sumas y restas. Es algo complejo, controlable solo en el punto de partida, impredecible en la parte de los mensajeros y sobre todo desbocada en la de los destinatarios, que se han convertido en emisores indómitos por obra y gracia de la tecnología. Basta echar una mirada por las redes para ver cómo toda conversación resulta irremediablemente un teléfono descompuesto. Ya lo decía uno de los sociólogos más influyentes del siglo pasado, el señor Niklas Luhmann: “Comunicar es improbable”. Y pueden enojarse todo lo que quieran con los mensajeros, con los remitentes, con el cartero, con los que abren la carta, con los que, sin abrirla, la tiran a la papelera. El éxito de la comunicación no depende de ninguno de ellos. Pero depende de todos.

La historia argentina nos cuenta la paradoja de Castelli, el orador de la Revolución, que murió silenciado por un cáncer en la boca. Por estos días la presidente record en discursos quedó callada por un cáncer en la garganta pero que esta vez no fue. En su mudez, otros hablaron por ella: voceros, médicos, especialistas y no tanto, periodistas, pero sobre todo hablaron las redes. Furibundamente. ¿Cómo puede ser? Tantos rumores, tantas especulaciones, si en todo momento hubo información. El parte médico se leyó al momento, estoicamente bajo el rayo del sol, para una audiencia que no estaba ahí, sino del otro lado de la pantalla cómodamente instalada debajo del ventilador. Pero antes que calmar, cada salida agitaba una nueva andanada de insolentes comentarios. O de veneraciones rayanas en el paganismo. ¿Cómo puede ser? Un mismo mensaje despertando reacciones tan contrapuestas. Eso sí, el mensaje despertando reacciones.

Eliseo Verón comparó el estilo de comunicación el gobierno de Cristina Kirchner y de Dilma Rousseff. Y concluyó que la diferencia estaba dada por extremo personalismo versus institucionalidad consolidada: en Brasil, por ejemplo, no existen cosas tales como el “lulismo” o el “cardosismo”. En Argentina solo parece sobrevivir el “kirchnerismo”. En ambos países se enfrentan las mismas corporaciones, similares “monopolios informativos”, parecidas deudas sociales. Ambas mandatarias suceden a personajes de su mismo partido con mucho carisma. La presidente de Brasil cierra su primer año de mandato con excelente imagen y buenas relaciones de la prensa. La presidente de presidente de Argentina también, pero sigue peleada con los medios.

Claro que parece que en el país vecino entienden que las “buenas relaciones con la prensa” admiten críticas y señalamientos. Por eso  junto con el elogio pueden advertirle a Rouseff que tenga cuidado porque la popularidad alimenta vocaciones autoritarias, y es mejor usarla para beneficio de la colectividad y no para el proyecto de un partido. La institucionalidad también está instalada en la visión de la prensa. Por aquí buena prensa sería la que da buenas noticias. Verón en su último libro “Papeles en el tiempo” explica que hay mediatización cuando “la figura presidencial despliega modalidades no institucionales de influencia y toma de decisiones, a través de un manejo de los medios de comunicación que le otorga una presencia fuerte en el espacio público”. Es cuando las decisiones se toman pensando en los medios, ajustándolas a sus tiempos y lógicas y ya no importa si los mensajes son “verdaderos”: “son importantes por ser oficiales”.

Como todo sería una cuestión de discursos, se producen mensajes propios para competir con los medios a razón de dos millones de pesos diarios. “El populismo asimila comunicación con propaganda” dice también Verón en su libro. Que se reconoce porque tiene una sola vía, no admite preguntas ni modalizaciones y, como la publicidad de champús, y no escatima recursos ni promesas. Se aspira a neutralizar los medios díscolos con medios dóciles, se cree tapar comentarios con más comentarios. Pero aun así, en el extremo de la cadena, existen subversivos que se resisten a creer el parte gubernamental.

Pasa que más comunicación no es mejor comunicación, sino más bien todo lo contrario. Demasiada información intoxica, crea amnesia, advierte Umberto Eco. Porque el exceso de comunicación es una sobredosis que inmuniza la atención y estimula el escepticismo. La sabiduría popular aconseja que cuando un perro nervioso amenaza con pegar un tarascón, la cosa es quedarse quieto, no mostrarle ninguna reacción temeraria. Con las audiencias confundidas y ofuscadas vale lo mismo: no comuniques que es peor.

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