VIDA DE TRASLADOS/
El reposo del hombre móvil

hombre/Por: Adriana Amado - @adrianacatedraa La catástrofe de Once, la tragedia de las rutas, la comedia del último llamado de la tarjeta Sube, el episodio diario de la telenovela de viajar, todo nos recuerda cuánto depende nuestra vida de los traslados. Contrariando los pronósticos del teletrabajo, las nuevas tecnologías no nos dejaron en casa, trabajando en pantuflas. Antes bien, las últimas décadas nos pusieron a rodar, a gastar más tiempo en transportes y en estaciones de trasbordo, a depender más del móvil que de la computadora, que cada vez es más portátil y menos de escritorio.

George Amar escribió un libro delicioso sobre este nuevo Homo Mobilis, como llama a este ser itinerante en que nos hemos convertido. Y para acompañarnos, la tecnología tuvo que miniaturizar el chip y reinventar la rueda. Porque señala el ingeniero y artista Amar que tan revolucionaria como el microchip es la tecnología de la ruedita puesta al servicio del equipaje. Y más democratizadora, dado que no se le niega ni al último de los linyeras que empujan sus ínfimas pertenencias en bultos rodantes. Por común que nos parezca hoy, no hace tanto que los equipajes ruedan por el mundo. Steve Jobs habrá eliminado el CD pero ni él pudo transformar en bits los objetos que nos acompañan a los viajes. Cualquiera que se detenga un segundo a observar el movimiento de una estación de cualquier transporte comprenderá el valor que la circunferencia ha ganado en nuestras vidas.

El especialista en tecnologías Pablo Mancini rescata de la teoría de Amar la idea de integrar la dimensión móvil con la inmóvil, esto es, que son tan importantes el transporte como las estaciones, el movimiento como la espera. Dice Amar “Todos tenemos vidas más móviles, tenemos que movernos, pero también necesitamos momentos de pausa”. Esto significa que tan críticos como los vehículos son los lugares de intercambio. Porque estamos reinventándonos los intervalos: mientras llega el colectivo en la parada, chequeamos los mensajes. No leemos las tapas en el kiosco de la estación: preferimos las noticias que las redes nos envían a nuestras pantallitas portátiles. No hacemos crucigramas mientras esperamos el avión, sino que dedicamos esas horas a terminar el informe que entregaremos en destino. Y si los servicios públicos son deficientes en los traslados, como todos sabemos, el espacio público es abiertamente desconsiderado con las detenciones.  Y me parece que este punto todavía no tuvo su discusión.

Si hasta los lujosos aeropuertos demuestran su hostilidad al hombre móvil cuando el  tráfico aéreo o los conflictos gremiales o los caprichos meteorológicos condenan a los pasajeros a tirarse en los pasillos porque hay menos asientos en la sala de espera que en el avión. Ni les brindan vituallas accesibles a los bolsillos del viajante medio. Ni facilita la conectividad gratuita imprescindible para los muchos que no pueden permitirse las tarifas del roaming. De ahí para abajo, todo puede ser peor. Las estaciones de micros y de trenes resultan más una feria de baratijas que un espacio de apoyo para el viajero. Como los concesionarios hasta comercializan las paredes, que están atiborradas de fealdades publicitarias, los andenes ni siquiera son amigables visualmente.

Peor es el trato que lo público inflige a nuestras necesidades ineludibles. No deja de ser una tremenda paradoja  que sean más generosos con ellas los comercios que los servicios públicos. Parte del éxito de las grandes superficies de compras está en que son las únicas que brindan asientos y sanitarios a cualquiera que lo necesite. Los espacios públicos hoy los cobran descaradamente. Sea porque los aeropuertos argentinos cobran esos servicios elementales con tasas carísimas. Sea porque no hay estación de micros que no exija un óbolo para acceder a unas gotas de jabón que dosifica alguien que explota las deficiencias del servicio y cobra el higiénico a precio de papel moneda. En estos baños ni siquiera se brinda espacio para maniobrar el cuerpo y su equipaje. Ni un miserable gancho para colgarlo. Por caso, el Estado, que gastó millones en la publicidad de la prevención de la Gripe A, nunca instaló secadores de mano para llevarlas a cabo  en los espacios bajo su tutela.

Georges Amar avisa también que los transportes no son únicamente los que dependen del petróleo. Eso lo sabemos bien los ciudadanos que nos llamamos “de a pie”. Y la cotidianidad nos lo recuerda cuando nos obliga a recurrir a los zapatos para compensar los ajustes del bolsillo. O cuando las dificultades de la circulación motorizada nos recuerdan las facilidades de una buena caminata. Es entonces cuando volvemos a recordar que la vía pública no ha avanzado al nivel de la rueda, y que es hostil no solo para los discapacitados, sino para la mayoría de los ciudadanos que vamos por la vida intentando hacer rodar carros y valijas.

Espacios cómodos y seguros, calzadas y aceras limpias y transitables, instalaciones públicas amigables, son temas tan urgentes como el transporte y el petróleo que lo moviliza. Son menos épicos, posiblemente. Pero tan importantes para la vida que no haría falta ninguna campaña para promocionarlos, porque su sola experiencia le recordaría al ciudadano que un funcionario hizo algo para su calidad de vida. Lo que se dice verdaderos servicios (aun no declarados) de interés público.

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