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Truman Show y Cristina

Por Adriana Amado - @Lady__AA Cuando a fin del siglo pasado se estrenó “Truman Show”, empezaban a aparecer los primeros reality shows así que muchos tomaron esa película como una advertencia de lo que nos podía pasar con semejantes entretenimientos. Truman nació y vivió en un programa de televisión que dirigía Christof, un productor obsesionado en trasmitir 24 horas de una vida que todo el mundo sabe que es producida, excepto el propio protagonista. Lo que no entendieron los agoreros es que Truman no éramos nosotros ni la película mostraba el riesgo de ser parte de algún Gran Hermano. Aunque vivamos todo el tiempo filmados por cámaras de seguridad, no somos Truman porque raramente alguien verá eso (es más, casi es un milagro que la policía esté mirando la cámara cuando lo necesitamos). Truman fue un tipo condenado a estar permanentemente en los medios, pero hay mucha gente dispuesta a vivir en cadena nacional por elección. Como Cristina, presidente de la Nación y Truwoman militante de la comunicación incesante.

Como le pasaba a Truman Burbank, su vida transcurre en decorados impecablemente montados para ser transmitidos en televisión. Su mundo está tan acondicionado, tan impecables los lugares por donde pasa, tan sonrientes las gentes con las que se cruza, que cree que vive en el mejor de los mundos. Truman no sabe que se trata de extras que lo saludan por imposición de un guion y para salir en televisión, por eso no entiende que una vida tan perfecta lo deje tan triste. Porque aunque por la calle todo el mundo lo saluda y festeja, Truman no tiene amigos y come solo cada noche. Pero como está convencido de que el mundo exterior es tan amenazante, tan catastrófico, supone que lo mejor que puede pasarle es vivir en su lugar en el mundo. Sea Seahaven, o Calafate.

Todo lo que rodea a Truman está preparado para la transmisión televisiva. Como la mayoría de los salones de casa de gobierno, hoy devenidos estudios de televisión con reflectores y cuadros que acompañan escenográficamente el discurso presidencial. El edificio mismo, iluminado con luces rabiosas que proyectan una luz rosa cual faro de Barbie, se ha convertido en el parque temático que puede ser recorrido por curiosos de la vida en la casa más famosa. Allí se exhiben objetos de quienes por ahí pasaron, como la campera de gamuza de De La Rúa, un smoking de Menem o los mocasines de Kirchner, que confirman que el criterio de elección es más el de un productor de espectáculos que el de un curador de museo.

Claro que tener una vida tan expuesta exige un gran esfuerzo de producción y hay que reconocer que ser telepresidente es mucho más abnegado que ser Truman. A él puede vérselo con lagañas lavándose los dientes como cualquier ser humano. En cambio, ser Truwoman exige constantes cambios de vestuario, peluquería diaria y maquillaje hasta para viajar en avión. Nada puede ser más agotador que andar por la vida saludando incansablemente: “Buenos días, buenas tardes, buenas noches”, “Para todos y todas”.

Truman es el único que no sabe que su vida está digitada por un talentoso pero perverso productor que en su afán de tener contentos a los públicos y a los patrocinadores, lo pone en situaciones tales como ponderar virtudes de empresas y productos en los momento menos pensados. Cristina, en cambio, cuando habla de las bondades de la carne de cerdo, de los celulares ensamblados en Tierra del Fuego o de Direct TV lo hace porque es parte de las políticas de gobierno. Todo el mundo sabe que ella no lee ningún guion. Y si acusa a los medios de que manipulan sus dichos, no se está quejando de Scoccimarro y su equipo de producción o de los interlocutores que le eligen para conversar cosas de su vida y su gestión. Para Cristina los medios que manipulan y operan son los que no transmiten literalmente las producciones de la Secretaria de Comunicación, única autorizada por decreto nacional a dar cuenta de las actividades oficiales. Y los días que no tiene aire, la presidenta aprovecha Twitter para seguir denunciando a aquellos que no transmiten momentos centrales de su programación, como el triunfo de su lista en la Antártida. Truman no llegó a disfrutar de las bondades de las redes pero podemos imaginarnos que le hubiera pasado como a los de Gran Hermano, que tuitean como locos sin saber lo que pasa fuera de la casa. Resultan tan graciosos.

Truman está rodeado de una novia, vecinos y amigos que no calman una angustia permanente que se le adivina en cámara aun cuando sonríe. Tiene la sensación de que la gente se le acerca por interés. Es que los actores secundarios van invitados al programa, sonríen, aplauden, hacen cantitos y preguntan al salir en qué canal lo pasan. Todos cortejan al protagonista pero en el fondo se siente solo. Para colmo a la única que lo quiere bien la mantienen alejada de su círculo íntimo, para evitar que le cuente lo que se ve desde afuera. Es que todos saben que es un programa de televisión, menos Truman. Como todos sabemos que es un programa de televisión, menos Cristina para quien su agenda diaria de atriles y videoconferencias es un trabajo a tiempo completo.

Temíamos que Gran Hermano terminara observándonos a nosotros pero resultó al revés: muchos estamos observando a uno que acepta gustosamente vivir una vida adaptada para la pantalla. Truman agobiado por ese mundo que sospecha artificial quiere huir y planea un viaje. Truwoman a veces parece agobiada por esa vida que nunca ve justamente reflejada. Ella imagina una salida digna a la magnitud del relato y sus productores se ponen a pergeñar amenazas de golpes, persecuciones políticas, linchamientos mediáticos como final rimbombante para la mejor no-ficción de los últimos tiempos. Pero la película de Peter Weir ya nos contó cómo termina el show. Todos esos públicos que seguían ansiosos y embelesados la vida del hombre que no tenía vida, en el momento mismo en que el tipo salió del set y cerró la puerta, empezaron a buscar el próximo entretenimiento.

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