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Por Adriana Amado - @Lady__AA Uno de los referentes más perspicaces en temas de medios, el profesor @cscolari, puso a discusión de sus seguidores en Facebook la contratapa de Perfil que mencionaba esos conceptos de Umberto Eco tan citados. Para señalar que las decisiones políticas tomadas por los gobiernos de los Kirchner en materia de medios eran anacrónicas, Jorge Fontevecchia recurrió a lo que Eco llamaba paleotelevisión. Argumentaba el columnista que los medios se complejizaron después de los setenta, época a la que siguen remitiéndose teóricamente muchas de las políticas oficiales en medios. Scolari en la conversación que proponía agregaba el concepto que mejor define el sistema mediático de estos días como es el de hipertelevisión, que habla de ese consumo activo, creativo, que aprovecha las potencialidades comunicativas de las tecnologías para promover la participación de los usuarios.

 

El fondo del argumento de Fontevecchia es que se piensan políticas públicas como si el sistema de medios fuera centralizado y tuviera la potestad de “instalar” (término muy usado por los exégetas del poder, que precisamente viene de las teorías de la opinión pública de la posguerra) climas de opinión. Los fundamentos que esgrimen los que defienden la política de medios del gobierno es que se trata de una transformación necesaria justamente para desinstalar la instalación (o la “hegemonía” como les encanta decir). La paradoja de estas dos posiciones es que si bien es cierto que las decisiones en medios parecen mirar antes de los setenta, también lo es las inversiones públicas en canales y programas auspiciados por el gobierno nacional no apoyan ese modelo de tevé de servicio público e interés general de la paleotelevisión. Antes bien, el modelo mediático promovido (hasta en el tan alabado pero poco mirado canal Encuentro) es el de la televisión de los ochentas o después que Eco llamó neotelevisión.

Basta revisar los sitios de los medios estatales para leer que hacen paleotelevisión de servicio público y educativo y que aspiran a la hipertelevisión cuando reparten cientos de miles de decodificadores de televisión digital y subsidios para desarrollar contenidos que puedan verse en internet . En los sitios de los canales estatales o en los reservorios de contenidos digitales el relato es el de una tevé de servicio comunitario con posibilidades tecnológicas de vanguardia. Pero después, en la pantalla abierta los auspicios presidenciales apoyan programas bien ochenteros, bien de neotelevisión. Cuando se podía ver en las webs cuántos de los contenidos digitales se habían compartido, el número de vistas era alarmantemente bajo. Ahora que ese dato ya no puede consultarse, y que se trata de un espacio que no considera la participación de los usuarios, también se desmiente la pretensión de hipertelevisión.

¿Qué es esto de paleo y neo? Eco advirtió por los años ochenta que la televisión no era la misma que en sus inicios y propuso dividir su historia en dos épocas. A la primera la llamó paleotelevisión porque daba cuenta del sueño fundacional de los medios audiovisuales: llevar el mundo a la casa de los televidentes como un servicio público. Con los años, pagada de su propia importancia, la tevé empezó a ocuparse de sí misma y de sus celebridades, que no eran personas que venían del mundo exterior sino nacidas y criadas ahí adentro. En la época que Eco llamó neotelevisión, la tevé misma era el acontecimiento: la cámara ya no tenía que salir a buscar al mundo porque producía su propio mundo. Los platós eran el lugar donde se encontraba gente que no se cruzaría jamás fuera de cámara. Era también la época de las novelas de firma, esas en donde el autor o las estrellas eran más importantes que lo que se contaba.

Eso se fue agotando porque la atención es el factor más volátil del sistema y porque la tecnología permitió que el televidente empezara a expresar su parecer en directo. La industria entendió que las audiencias ya no estaban interesadas en la farándula ni en los videopolíticos sino que elegía el espectáculo del hombre común contando sus penurias; jugando a ver quién aguantaba más encerrado en una casa, en una isla, en un parque temático; mostrando sus talentos, modestos o tapados. Siguen viendo noticieros, novelas, seriados, pero solo cuando sienten que llevan el control porque comentan las noticias, comparten los capítulos, ven los episodios cómo y cuando quieren. Eso es lo que Scolari llama hipertelevisión porque se parece a una red que funciona con la lógica del hipertexto .

El sello de Presidencia de la Nación aparece bastante en la neotevé: en paneles que se la pasan hablando de lo que hace la televisión o en programas dizque culturales llenos de gente que hablan entre sí de cosas que solo ellos entienden. O en telenovelas que remiten a “Perla Negra”, pero con corrección política. O en canales de noticias incapaces de encontrar una noticia tan encerrados en su micromundo. Todo financiado con una inversión estatal sin precedentes en algo que no seduce a las audiencias ni poniendo un botón obligatorio para canal 7 en el control remoto. No consiguen seguidores aunque cada emprendimiento tenga Facebook, Twitter y web (a veces, hasta más de una). No consiguen receptores aunque regalen antenas y pongan el fútbol con exclusividad. Y parece que no les importa. Le gustaría, pero no les importa. Por eso siguen culpando a los televidentes-seguidores-receptores de que no elijan algo como Encuentro hecho con pedazos de buenos y muy malos contenidos contados en lenguaje paleo y neotelevisión.

Y vuelve a ser Eco el que explica el desacierto. En el mismo texto hay una idea menos citada pero igual de poderosa: en los ochenta la televisión se transforma “de vehículo de hechos (considerado neutral) en aparato para la producción de hechos, es decir, de espejo de la realidad pasa a ser productora de la realidad”. Y esa fue la trampa. Creyeron que lo que había sido planteado como una tendencia era una ley de la comunicación de medios. Lo que nunca supieron era que, cuando empezaron, los televidentes ya se habían aburrido de la construcción del acontecimiento. Y que no hay carné de afiliación que te obligue a ver una novela. Por eso los partidos siempre tienen más militantes que televidentes.

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