MÁS ALLÁ DE LAS IDEOLOGÍAS
Neustadt y el periodismo cuestionable

Bernardo NeustadtBernardo NeustadtBernardo NesutadtPor: Gustavo Noriega. Ya que se han dicho todas las ironías posibles acerca de la muerte de Bernardo Neustadt en el Día del periodista me gustaría retomar el artículo de Luis Majul para realizar un ejercicio: tratar de puntualizar en qué aspectos de la práctica periodística habría defeccionado el fallecido conductor de Tiempo Nuevo. No puede tratarse de un mero problema de ideología: no sólo él adhirió a los regímenes más sangrientos (el Proceso) y corruptos (el menemismo) sino también una buena parte de la sociedad que ahora se burla de su figura. Independientemente de rechazar sus bastante coherentes convicciones con el pensamiento reaccionario, parece más útil tratar de dilucidar cuáles fueron específicamente las cosas que Neustadt hizo que no se condecían con su profesión. Al mismo tiempo, también resultaría útil comprobar si los que practicamos alguna rama del periodismo no la estamos ejerciendo hoy de una manera similar.

Según mi punto de vista, descartando el tema ideológico, hay por lo menos dos puntos centrales para cuestionar en la larga carrera de Bernardo Neustadt.

El primero tiene que ver con la cercanía con el poder. Como lo señalaba Majul en su nota, un periodista no puede tratar a los presidentes como si fueran sus amigos. Un periodista no puede darle a un presidente la conducción de su programa, como Neustadt hizo con Menem. Tiene que haber una distancia con los gobernantes, así como con los empresarios, los sindicalistas, etc. En ese sentido, Neustadt probablemente batió todos los récords de falta de decoro.

Puestos a observar con lupa un comportamiento parecido en la actualidad me vienen dos ejemplos a la mente aunque lejos en calidad y tamaño respecto de lo que hacía Bernardo.

El primero es el de CQC con los Kirchner. No importa que los muchachos del programa no se sientan presionados y que puedan expresarse libremente: la cercanía con el gobernante tiñe todo lo que digan y hagan sobre el poder. Sus diálogos cómplices y sus pasos de comedia con la pareja presidencial resultan, a la luz de la falta de diálogo que los Kirchner mantienen con la prensa en general, casi obscenos.

Vamos a otro ejemplo, también menor en relación a la familiaridad que ostentaba Neustadt con Galtieri o Menem. El domingo 8 de junio, en la columna de opinión de La Nación, titulada con una cita de Cristina, Joaquín Morales Solá repite un juego que hizo ya varias veces (y también realizado eventualmente por Eduardo Van der Koy en Clarín): el de la entrevista que no osa decir su nombre. El editorialista de La Nación sugiere un encuentro íntimo con el matrimonio Kirchner pero no lo explicita, va tirando aquí y allá algunas frases, unas tomadas de discursos públicos, otras referidas por terceros y algunas aparentemente registradas por él. Nada es dicho con claridad, todo es sugerido o hay que encontrarlo entrelíneas. Nadie supone que Morales Solá, un consecuente crítico del kirchnerismo, vaya a ser cooptado por el Gobierno porque éste alguna que otra vez le abra las puertas de su intimidad como no lo hace con ningún otro medio. Pero esa ostentación de familiaridad, ese pavoneo por haber abierto unas tranqueras que se suponían infranqueables tiene poco y nada de periodístico: prácticamente el mensaje de la columna se resume en la frase “estuve con los Kirchner”. En una escala imaginaria de 1 a 10 de lo indecoroso, medida en “neustadts”, Morales Solá y los chicos de CQC tendrían apenas uno o dos. Sin embargo, el horizonte de un periodista es el cero absoluto en “neustadts”.

El segundo punto cuestionable en la carrera de Bernardo Neustadt, dentro de los parámetros periodísticos ideales, tiene que ver con lo que mejor hacía. Neustadt era un mago de la simplificación. Apoyándose en la figura de una Doña Rosa (otra creación genial y siniestra), a quien habría que explicarle las cosas de la manera más sencilla posible, el conductor de Tiempo Nuevo elaboraba una serie de slogans de impresionante eficacia, en donde reducía la complejidad de todos los problemas a una frase corta, concreta, amparada en una reivindicación del sentido común que nunca era puesto en cuestión. Aunque sentó una escuela importante, nadie lo hizo tan bien como él; y eso significa que nadie hizo tanto daño como él.

En este punto creo que la herencia es mucho más significativa y nos abarca a todos los que de una u otra manera ejercemos la práctica periodística. Sin su habilidad para el jibarismo intelectual, todos los que trabajamos en los medios tratamos de reducir la complejidad del mundo, su esencial ininteligibilidad, a conceptos sencillos, comprensibles, que se pueden decir en frases cortas y que no tengan dudas ni fisuras. Creo que vale para todos los noticieros habidos y por haber en la televisión argentina pero también para los programas periodísticos, los programas de radio, las revistas y los diarios. Se aplica a todos los lugares donde trabajo, con Luis Majul en la radio y también en Duro de domar y TVR. Todos tenemos la necesidad de decir algo corto y contundente y todos sentimos la imposibilidad de dudar, de no saber, de quedarnos sin palabras. Los medios nos obligan (y nosotros obedecemos sistemática y cómodamente) a opinar sobre todo, a convertir cualquier tema en área de nuestra experticia. Sin la potestad del silencio, optamos por reducir cada tema a un slogan sencillo, desde la inseguridad (donde otro simplificador, Blumberg, se convirtió en un efímero mesías) hasta los problemas entre el Gobierno y el campo, Riquelme, la selección, la legalización de la marihuana, el aborto y lo que se nos ocurra. Todos somos un poco Neustadt. En nuestra escala imaginaria, nos calificaría con seis o siete “neustadts”.

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