CELULARES Y ONANISMO TECNOLÓGICO
“También te amo”

David Beckham en la publicidad de una marca de celularesPor: Adriana Amado Suárez. Los celulares traen unas plantillas con textos de mensajes pre-armados. “Gracias”, “Estoy ocupado. Te llamo luego”, son los mensajes prêt-à-publier, listos para despacharse con un par de teclas. Pero mi celular trae un mensaje inquietante: “También te amo”. No viene la declaración correspondiente sino sólo la réplica, que supone un receptor respondiendo con frecuencia al llamado del amor. Parece que los dispositivos portátiles han convertido en urgentes todas las respuestas.

La dependencia de los mensajes ha producido nuevas especies, como la generación pulgar o los peatones tecnológicos, que se llevan carteles por delante o dejan el auto sin control durante los 100 metros que les consume leer el mensaje. Es que los mini dispositivos ofrecen en sus pantallas algo más que mensajes de textos pobremente tipiados. Mucho más que ver la novela de la Oreiro o consultar el saldo del banco. Lo que hace imbatible al famoso IPhone (y es copiado por sus sucedáneos) es algo aún más íntimo que el mensaje amoroso de mi Nokia: tiene una pantalla táctil, que funciona ¡a caricias! Sí: el telefonito responde a los mimos dactilares con más previsibilidad que un gato doméstico y con menos resistencia que la pareja habitual. ¿Será por eso que hay tanta gente manoseando el celular?

Este onanismo tecnológico se practica públicamente, y se suele usar como vía de escape para ignorar al tipo del subte que la hora pico pegó como un post-it al compañero de viaje. Antes, los tímidos tenían problemas para sentarse en un bar a tomar algo solos: hoy se meten en alguno con WI FI y se sienten invisibles mirando sus equipitos. Algo así como conectarse para desconectarse del entorno. Aunque paradójicamente están hiperconectados a esos aparatos que demandan respuestas 24/7 (todo el día/todos los días). “Cuando tengas tu nuevo iPhone, podrás enviar mensajes de texto y correos electrónicos, navegar por Internet, ver vídeos y escuchar música en cuestión de minutos”, prometen. Pero hacer todo eso lleva el día entero. Y a veces, un rato más.

Todos dicen que ahora estamos muy conectados, y miden los vínculos por la cantidad de firmas del fotolog o contactos del Messenger. Zygmunt Bauman dice que no, que  apenas estamos agarrados a  “una matriz de conexiones y desconexiones aleatorias”. Apenas colgados del capricho de un click. Nunca tan a merced de un pulgar.

En un mundo donde hay ciudades con más celulares que cabezas, donde la jornada de trabajo se multiplica por cada piiip de mensaje recibido, la excentricidad ya no es no ver televisión. El colmo del snobismo es no tener email, como confesó Mario Pergolini a la revista Rolling Stone. Sin embargo, las telefónicas siguen llevando a los famosos a esquiar para que se saquen una foto conectándose por banda ancha. Aunque contestar un email a 1800 metros de altura se parezca más a un castigo que a un premio. Excepto, claro, que se trate, por fin, del mensaje que permita estrenar la turbadora plantilla “También te amo”. Pero no, siempre llegan mensajes spam.

{moscomment}