Crónicas + Desinformadas

Cuando llegan estos días altamente patrios donde uno debería izar banderas y encarapelarse el pecho, es que viene esta sensación de resistencia soporífera con claras implicancias poco nacionales. Nos gusta la Argentina, claro está, aquí tenemos nuestra familia, amigos, el trabajo –en algunos casos-, conocemos a los jugadores y a las celebridades que se casan para luego revolearse los platos. Sabemos qué subte te lleva a Belgrano  y cuál a Chacarita. Y, sobre todo, sabemos a quién echarle la culpa. Pero de ahí a sentirnos parte de este combo patriótico y esta historia independentista forzada a fuerza de sable y temeridad, es otro cantar.

Si en un día de aburrimiento abrumador, se preguntó cuál era el fin del número PI –si tuviera un teclado inteligente aquí vería su símbolo y comprendería mejor a qué nos referimos-, ese que nos enseñaban en la escuela y que representaba 3,1416 y seguía contando al infinito, bueno, hay gente que también se hace la misma pregunta. Pero en lugar de formularla en un día de tedio soporífero, se la hace a diario. Cual obsesión fatal.

Dos noches atrás murió mi gato. Un gato pequeño gris, que aún no había cumplido el año y ya había cazado su primer ratón –una ratita chiquita pero que durante esa tarde, lo tuvo muy contento-. Tenía una hermana, que hoy sigue con nosotros. Se pasaban el día jugando. A la lucha, obvio. No hay mucha cosa a la que jueguen los gatos. A la escondida, tal vez, si uno lo mira con detenimiento.

Aún no está del todo claro quién es realmente la Mona Lisa, lo que sí se sabe es que la obra de Da Vinci es la más cara del mundo: 2.5 billones de dólares. Será por esta cifra faraónica, o será por el misterio de la sonrisa pétrea de la Mona, no importa: el cuadro, cada dos por tres, es noticia. Y no sólo por hechos artísticos o históricos –gente que, por ejemplo, aún debate sobre qué ciudad corresponde el paisaje del fondo-, a la pobre Mona le toca de tanto en tanto caer en la sección policiales. En 1911, por primera vez, llegó a Crónica Tv –bueno, si hubiese habido Crónica Tv lo ponían seguro con carátula rojo alarma- cuando se la robaron del museo. Y estuvo así, dos años ausente. Con el hueco alarmante y la pared vacía. Hasta que dieron con el ladrón, lo metieron bien metido tras las rejas y la Mona volvió a sonreír –o esa mueca que hace la Mona- en el museo.

¿Será porque hace ejercicios físicos extremos? ¿Será porque ingiere placenta junto al café con leche de la mañana? ¿Será por algún cromosoma pixelado que se resiste al paso del tiempo? En fin, cómo corno hace Tom Cruise para estar siempre igual. 

Si hay algo que necesitamos más que el amor, la amistad, el amor de mamá y papá, o el pan nuestro de cada día, es tener rivales. Tener un enemigo. Tener alguien a quien plantar la semilla de nuestro enojo. Alguien, por así decirlo, a quien echar la culpa de todo lo mal que va el mundo. 

Si a usted es de los que les gusta el cielo límpido y cristalino, sin obstáculo que le impidan observar el celeste pasmoso del cielo, entonces buenas noticias. Ahora bien, si usted es de aquellos que ama las aves porque le recuerdan todo lo que es bello en este mundo, entonces malas nuevas.

El dato dice así: según un estudio en la Universidad Estatal de Nueva York, más del 90% del agua embotellada contiene microplásticos. Y si uno reutiliza la botella, o la calienta en el microondas, zas: se bebe todo ese río de plásticos minúsculos y pasan a formar parte de nuestro organismo. Nos convertimos, por decirlo así, en gente más del lado de la industria plástica que del reino humano.

Que nadie me malentienda: yo los quiero a los Kiss. O, mejor dicho, los quise en su momento, más de 30 años atrás cuando hasta tenía su álbum de figuritas. Me daban miedito e intriga. Sobre todo, Genne Simmons, el bajista, que tenía la lengua tan larga como un tobogán. Y había algo de sangre también metida. Y los otros eran hechizantes y misteriosos. Y había una leyenda tremebunda que consistía en pollitos aplastados por esas botas enormes que visten los Kiss. Y entonces, parecía así, todo era posible para ellos. Y uno se acercaba a su música como quien se acerca a un tigre: con una mezcla de admiración y pavor.

Es extraño ver gente. Ver las caras de la gente. Ver bocas finitas. Bocas gruesas. Bigotes de gente. Gente que sonríe. Gente con muecas tremebundas. Acostumbrados a la pandemia, y las mascarillas, nos habituamos a perder de vista que la gente no es sólo un recorte de ojos, pelo y mentón. Tanto tiempo buscando escudriñar si, detrás de la mascarilla la persona habla en serio o en joda, si está feliz o si la está pasando como el traste.