Crónicas + Desinformadas

Es uno de los nuevos debates de la neurociencia, esta disciplina que pretende revelar todos los misterios de la humanidad: desde el amor, a la tristeza, desde la euforia a la depresión, como si fuéramos computadoras donde basta localizar el chip para saber qué información contiene. Ahora bien, la neurociencia debate en estos días acaloradamente un interrogante infantil: ¿por qué no guardamos recuerdos de cuando éramos bebés? O, para decirlo mejor, ¿por qué un bebé no puede recordar?

Es la pregunta de la semana. La pregunta del año. La pregunta, quizás de buena parte de la historia argentina desesperada, bamboleante, sinuosa y decadente al ritmo de una divisa que, desde siempre, nos tuvo a mal traer.

Parece el nombre de un gran roedor, pero no lo es. El ratán es la palabra number one de la decoración de interiores. Es el material cool por excelencia que da pinta exótica a las casas. Y hace que parezca más a hotel Faena que a ranchito bonaerense. El ratán. Lo escuchará aquí y allá. Y si tiene suerte, algo tendrá en su casa de ratán. ¿Una silla? ¿Una mesada? ¿Un velador? Mire con detenimiento a su alrededor. Si ve un entretejido fino de mimbre, tal vez haya esperanzas de que su casa atesore algo de este precioso ratán.

Los expertos infectólogos del mundo dicen que, pronto, muy pronto, saldremos del túnel de la pandemia. Hace tiempo, se vio luz al final del túnel y, auguran ellos, queda un trecho corto para pasar del otro lado. Y ver el cielo abierto sin tapabocas ni pinchazos, ni temor a morir en un estornudo.

Cuando llegan estos días altamente patrios donde uno debería izar banderas y encarapelarse el pecho, es que viene esta sensación de resistencia soporífera con claras implicancias poco nacionales. Nos gusta la Argentina, claro está, aquí tenemos nuestra familia, amigos, el trabajo –en algunos casos-, conocemos a los jugadores y a las celebridades que se casan para luego revolearse los platos. Sabemos qué subte te lleva a Belgrano  y cuál a Chacarita. Y, sobre todo, sabemos a quién echarle la culpa. Pero de ahí a sentirnos parte de este combo patriótico y esta historia independentista forzada a fuerza de sable y temeridad, es otro cantar.

Si en un día de aburrimiento abrumador, se preguntó cuál era el fin del número PI –si tuviera un teclado inteligente aquí vería su símbolo y comprendería mejor a qué nos referimos-, ese que nos enseñaban en la escuela y que representaba 3,1416 y seguía contando al infinito, bueno, hay gente que también se hace la misma pregunta. Pero en lugar de formularla en un día de tedio soporífero, se la hace a diario. Cual obsesión fatal.

Dos noches atrás murió mi gato. Un gato pequeño gris, que aún no había cumplido el año y ya había cazado su primer ratón –una ratita chiquita pero que durante esa tarde, lo tuvo muy contento-. Tenía una hermana, que hoy sigue con nosotros. Se pasaban el día jugando. A la lucha, obvio. No hay mucha cosa a la que jueguen los gatos. A la escondida, tal vez, si uno lo mira con detenimiento.

Aún no está del todo claro quién es realmente la Mona Lisa, lo que sí se sabe es que la obra de Da Vinci es la más cara del mundo: 2.5 billones de dólares. Será por esta cifra faraónica, o será por el misterio de la sonrisa pétrea de la Mona, no importa: el cuadro, cada dos por tres, es noticia. Y no sólo por hechos artísticos o históricos –gente que, por ejemplo, aún debate sobre qué ciudad corresponde el paisaje del fondo-, a la pobre Mona le toca de tanto en tanto caer en la sección policiales. En 1911, por primera vez, llegó a Crónica Tv –bueno, si hubiese habido Crónica Tv lo ponían seguro con carátula rojo alarma- cuando se la robaron del museo. Y estuvo así, dos años ausente. Con el hueco alarmante y la pared vacía. Hasta que dieron con el ladrón, lo metieron bien metido tras las rejas y la Mona volvió a sonreír –o esa mueca que hace la Mona- en el museo.

¿Será porque hace ejercicios físicos extremos? ¿Será porque ingiere placenta junto al café con leche de la mañana? ¿Será por algún cromosoma pixelado que se resiste al paso del tiempo? En fin, cómo corno hace Tom Cruise para estar siempre igual. 

Si hay algo que necesitamos más que el amor, la amistad, el amor de mamá y papá, o el pan nuestro de cada día, es tener rivales. Tener un enemigo. Tener alguien a quien plantar la semilla de nuestro enojo. Alguien, por así decirlo, a quien echar la culpa de todo lo mal que va el mundo.