Crónicas + Desinformadas

Estos últimos días uno es testigo de un acelere inusual. Es decir, el mundo ya está acelerado y que las cosas se aceleren provocan esta sensación de vivir con el viento en la cara viendo pasar carteles que no sabemos ni qué dicen. El apresuramiento en dar anuncios –inflación, precios cuidados, cortar cintas, y demás- obedece a que en breve, ya nadie podrá decir nada. No es que no puedan decirlo, hay libertad por supuesto. El tema es que, en breve, a nadie le importará.

Es cierto que la reciente “El encargado” protagonizada por Francella, no los deja del todo bien parados, pero los porteros –o encargados como se les dice ahora- son el último eslabón de humanidad que les queda a los edificios.

Si pensaba que sólo es la Argentina un país en grieta, eternamente polarizado, antagónico, contrastante, está equivocado. A juzgar por los resultados de las últimas elecciones en Brasil, donde Lula ganó por chaucha y palito, es de concluir que no se trata de un caso aislado: es contagioso. Y, cuando uno menos lo espera, descubre que el mundo entero es bipolar. Antagónico. Contrastante. Mitad del planeta piensa de un modo. Y la otra mitad –chaucha palito más, chaucha y palito menos- piensa exactamente al revés.

Como si no fuera suficiente con dos años puertas adentro, como si pasar los últimos tiempos metidos de narices en un barbijo, como si el encierro forzado no hubiese hecho mella en nuestro espíritu televisivo, por lo visto, seguimos necesitando Gran Hermano. De algún modo, fueron pioneros televisivos de la vida en cuarentena. Los primeros en encerrarse a vivir la vida entre cuatro paredes y a sacarse chispas con el resto de los concubinos. Vaya uno a saber por qué, pero la tele reflotó días atrás la no se cuánta edición de Gran Hermano como si nada hubiera pasado.

Que el Muñeco Gallardo haya renunciado como técnico de River, no debería sorprender a nadie. Sin embargo, lo que asombra no es su paso al costado, si no lo persistente que ha sido este hombre que durante ocho años dirigió a un equipo de primera. Y nadie se planteó jamás en echarlo. Ni cambiarlo por otro mejor.

Al día de hoy, a pesar del boom tablet, de la ráfaga exponencial de oferta de películas en red, estrenos 3d en cine, y la mar en coche, a pesar de que los niños buscan cada vez más experiencias nuevas, extremas, y tech, nadie se resiste al encanto imperecedero de la calesita. En CABA persisten estoicas y con pintura nuevita, 55 de ellas –al menos con registro oficial-. ¿Por qué será, de dónde vendrá el hechizo que nunca muere? 

El sueño de todo niño no es egresar. El sueño de todo niño es tomar la escuela. Tomarla bien tomada, coparla, conquistarla, barrer a maestros y preceptores buenos para nada, y ponerlo todo patas para arriba. Cantar el himno versión Charly y bajar la bandera y dejar ondeando al viento, en su lugar, ropa interior de la autoridad pertinente.

Quedarán interesantísimas en los documentales, y en alguna que otra película de Pixar. Serán un reflejo ejemplar de vida comunitaria, obediencia y entrega a un bien mayor, pero la verdad, con una mano en el corazón le digo, es que las hormigas son un dolor de cabeza, para aquel que, como yo, tiene jardín de rosas, por no decir dolor de otra cosa y usted me acuse de atrevido.

Tiempo atrás, cuando éramos jóvenes el plástico era neutro. No teníamos problemas con él. y él no tenía problemas con nosotros. Aún recuerdo el olor del plástico recién estrenado de los muñecos articulados de He Man. Era olor a paraíso. Luego nos enteramos que las mujeres que ponían plásticos en las lolas. Y más tarde aún nos enteramos que el plástico estaba hecho con petróleo. Y así el plástico que formó parte de nuestras vidas para bien, de a poco, empezó a formar parte de nuestras vidas para mal: islas de plásticos, playas cubiertas de plásticos, animales envueltos en plásticos, y la flora y fauna amenazada por toneladas de nuestra basura plásticas. De hecho, este año analizaron la sangre de voluntarios en distintos países y descubrieron la presencia de micro plásticos en el torrente sanguíneo del ser humano. 

Los medios han llenado horas de aire, litros de tinta a lo largo de la última semana con la cobertura de la muerte de la Reina Isabel, de Inglaterra. Se maravillaron con la ceremonia, los cañonazos al aire, la marcha, las canciones, los gorros lanudos de la guardia real, la fanfarria y el luto exagerado de la prensa británica. Hubo incluso tiempo para debatir para qué corno sirve la monarquía hoy en día, si es funcional o es mero decorativo de museo, aunque ninguno se puso de acuerdo.