Crónicas + Desinformadas

“A mí a esta altura no me da tanta bronca, pero otros compañeros cuando ven a un pibe argentino con una remera con la bandera inglesa, se paran y les dan ganas de agarrarlos a las piñas”. Esto me decía un amigo ex combatiente de Malvinas, como parte de nuestra desmemoria y descuido cotidiano de cada día. En la semana que recuerda nuestra guerra más inaudita –el 37° aniversario-, donde todas las escuelas se visten de luto por pocos minutos, donde alguien da un discurso leído y lejano, donde se revela cada año una nueva historia de atrocidad y heroísmo, es necesario tener en cuenta que todos formamos parte del olvido.

El caso de la hija que ayuda a la madre a asestarle al papá cientos de puñaladas. El caso de la madre que pedía justicia para su hijo y termina acusada de asesinar a su esposo. El caso del padre que abusa de su hija durante años y, al fin, su hija se anima a denunciarlo. La ola de historias policiales de los últimos años se pone cada día más oscura y retorcida. La sensación de fondo de que el género humano, toca el piso de su escalafón como especie pensante y moral.

Nadie, hasta hoy, lo ha tildado de machirulo. Nadie lo ha puesto en la lista negra de los maltratadores. Ni los misóginos. Nadie, al menos por ahora, ha dicho que su pensamiento es machista, retrógado y hasta incitador a la violencia doméstica. Pero así están las cosas. Y, por lo visto, el escritor Charles Bukowksi (1920-1994) viene pasando la ola del reclamo de género, sumergido en el anonimato –apenas algunos chispazos de mujeres que debaten en la red si se puede ser su fan y ser feminista a la vez-.

En esta prestigiosa y por qué no célebre columna, en este más prestigioso y más célebre aún portal, nos dedicamos a la opinión semanal de temas sumamamente importantísimos, y dejamos de lado el chusmerío berretón, el sinsentido cotidiano, y muchas veces eludimos la referencia a cosas triviales como el estreno de una película o la salida de una nueva serie.

Se conocieron 18 años atrás, en una clase de yoga. Él sabía quién era. Ella no sabía quién era él. Se hicieron amigos. Y luego, hicieron pareja. Tuvieron un hijo de nombre estrambótico, Merlín Atahualpa. Se quisieron. Se quieren y se querrán.

Todo el mundo preocupado porque no le roben el celular en la calle, porque no le hagan salidera bancaria, porque  no le quiten esto y aquello que, creen ellos, es irrecuperable, y no se dan cuenta que le roban algo mucho más importante e insustituible: su tiempo.

Cada vez que anuncian una nueva estrella pop que actúa en el Colón, se me encienden toda clase de alarmas. Que haya hecho show sinfónico Gustavo Cerati, vaya y pase. Que la Negra Sosa haya atronado con voz folklórica su acústica impecable como cierre en el 2006, antes de dos años de obras de renovación, es un permiso válido y comprensible.

En tren por ponerle onda y que la gente lea sus notas, el periodismo escrito ya no sabe qué hacer. Ha probado de todo. Hasta filmar a sus propios periodistas, con videos normalmente espantosos. No porque uno escriba bien significa que hablará bien o tendrá un aspecto digno y presentable en público. Los periodistas gráficos siempre hemos sido el último orejón del tarro en términos de imagen.

Ya todo el mundo sabe que el tiempo es oro. Y sabe también lo carísimo que está hasta una minúscula pepita de oro del tamaño de una lágrima. Entonces, deberíamos cuidar nuestro tiempo de cualquier intromisión innecesaria. Nos referimos a una costumbre creciente que, dada esta situación, deberíamos erradicar de inmediato. Y queremos hablar aquí en este espacio prestigioso de un tema de vital importancia, un eslabón que todo el mundo descuida y luego se lamenta diciendo: ¡Qué rápido que pasó el día! ¡No tengo tiempo para nada! Qué rápido pasó el año. Qué rápido pasó la vida. Y así. Y todo por culpa del WhatsApp o más precisamente de los audios indiscriminados de Wapp.

El efecto orden está de moda. Todo gracias a la gurú en la materia, Marie Kondo, que ahora hasta tiene su propio reality con rating elevadísimo. Su propuesta es: vivir mejor tirando lo que no sirve. Despejando espacios. Y poniendo todo, prolijito y dobladito, en sus cajones. La vida merece la pena ser vivida, sobre todo, si uno tiene todo en su lugar.