Crónicas + Desinformadas

Poco se sabe de la familia de ese inmenso monumento musical llamado Bob Dylan. Apenas el paso de tibia fama de su hijo Jakob, quien lanzó carrera musical con su banda Wallflowers, reservadísimo y bajo perfil. Pero ahora hay una nueva luz en la familia Dylan: Pablo, el nieto de Bob, e hijo de Jesse, cineasta –dirigió una parte de la saga de American Pie-.

Las llaman superpotencias del espacio. Y hasta semanas atrás, sólo cuatro naciones habían logrado entrar en ese extraño podio con aires futuristas: China, Rusia y Estados Unidos. Ahora, acaba de posicionarse India, quien lanzó un misil y voló, cual pajarito en el cielo, un satélite que orbitaba a 300 km de la faz de la tierra. Parece toda una novedad. Pero ya Rusia y Estados Unidos habían volteado satélites con misiles en 1985. Y China hizo lo propio en el 2007. Ahora, de hecho, vislumbran cómo bajarlos, en lugar de con misiles, con rayos láser para evitar que los restos del misil provoquen desastres.

La vida avanza tan rápido que es suficiente con echar una miradita a las liquidaciones para ver que muchos de esos objetos hoy tirados y amontonados a precio de ganga, fueron no tan lejos ni hace tanto tiempo, joyas codiciadas por todos nosotros. Por lo pronto, no hay paisaje más desolador que una disquería: cidís importados que, tiempo atrás, eran codiciados y pagados a precio dólar, ahora son un descarte deslucido. Un objeto que nadie quiere y a nadie le importa, ni siquiera a los coleccionistas.

Durante un buen tiempo los argentinos nos acostumbramos a dar a luz a ídolos más bien turbulentos que cada dos por tres, saltaban de la gloria a la sección policiales, de Revista Caras a Crónica TV en un abrir y cerrar de ojos. Desde Carlos Monzón a Maradona, y desde Charly García a Ringo Bonavena, la estrella que luchaba por quitarse de encima su propia sombra se había convertido en un sello made in nuestro. Y lamentablemente esa sombra tarde o temprano ganaba la partida.

“A mí a esta altura no me da tanta bronca, pero otros compañeros cuando ven a un pibe argentino con una remera con la bandera inglesa, se paran y les dan ganas de agarrarlos a las piñas”. Esto me decía un amigo ex combatiente de Malvinas, como parte de nuestra desmemoria y descuido cotidiano de cada día. En la semana que recuerda nuestra guerra más inaudita –el 37° aniversario-, donde todas las escuelas se visten de luto por pocos minutos, donde alguien da un discurso leído y lejano, donde se revela cada año una nueva historia de atrocidad y heroísmo, es necesario tener en cuenta que todos formamos parte del olvido.

El caso de la hija que ayuda a la madre a asestarle al papá cientos de puñaladas. El caso de la madre que pedía justicia para su hijo y termina acusada de asesinar a su esposo. El caso del padre que abusa de su hija durante años y, al fin, su hija se anima a denunciarlo. La ola de historias policiales de los últimos años se pone cada día más oscura y retorcida. La sensación de fondo de que el género humano, toca el piso de su escalafón como especie pensante y moral.

Nadie, hasta hoy, lo ha tildado de machirulo. Nadie lo ha puesto en la lista negra de los maltratadores. Ni los misóginos. Nadie, al menos por ahora, ha dicho que su pensamiento es machista, retrógado y hasta incitador a la violencia doméstica. Pero así están las cosas. Y, por lo visto, el escritor Charles Bukowksi (1920-1994) viene pasando la ola del reclamo de género, sumergido en el anonimato –apenas algunos chispazos de mujeres que debaten en la red si se puede ser su fan y ser feminista a la vez-.

En esta prestigiosa y por qué no célebre columna, en este más prestigioso y más célebre aún portal, nos dedicamos a la opinión semanal de temas sumamamente importantísimos, y dejamos de lado el chusmerío berretón, el sinsentido cotidiano, y muchas veces eludimos la referencia a cosas triviales como el estreno de una película o la salida de una nueva serie.

Se conocieron 18 años atrás, en una clase de yoga. Él sabía quién era. Ella no sabía quién era él. Se hicieron amigos. Y luego, hicieron pareja. Tuvieron un hijo de nombre estrambótico, Merlín Atahualpa. Se quisieron. Se quieren y se querrán.

Todo el mundo preocupado porque no le roben el celular en la calle, porque no le hagan salidera bancaria, porque  no le quiten esto y aquello que, creen ellos, es irrecuperable, y no se dan cuenta que le roban algo mucho más importante e insustituible: su tiempo.