Crónicas + Desinformadas

Nunca en la historia hubo tanta facilidad para invertir los ahorros en cuestión de segundos. Ahora hasta existen apps que permiten comprar criptomonedas en un abrir y cerrar de ojos, o ingresar a Wall Street como si se tratara de un nuevo video juego. 

Dijeron los medios que era “algo nunca visto”. En tiempos donde todo justamente, ya se ha visto, el titular sonaba prometedor. El asunto es que Perseverance, el robot en Marte que, en este preciso momento, toma muestras del planeta rojo para analizar vida microbiana y mandar selfies de danto en tanto, encontró allí lejos algo extraño. No simplemente extraño. Algo asombrosamente extraño. Era, como ya dijimos “algo nunca visto”.

Qué tiempos aquellos donde el teléfono sonaba y uno lo levantaba, pesado y cableado a un zapato con un disco encima con numeritos. El cable era un rulo eterno que, cada dos por tres había que desenredar pues si no, quedabas cada vez más reducido en tu radio de movilidad.

Entiendo las ganas de festejar tras una pila de meses encerrados, barbijo adentro. Es natural que uno se incline hasta bailar carnaval carioca incluso con Ricardo Montaner. Sin embargo, el entusiasmo parrandero hace que uno se vuelva susceptible a cualquier clase de toxina que anda dando vueltas por ahí.

La noticia anunciaba con bombos y platillos que científicos de la universidad de Georgia lograron concebir –en laboratorio claro- los primeros espermatozoides a partir de células madre. No lo hicieron, por ahora, con humanos, pero sí con primates, algo que suele ser siempre la antesala a la aplicación en personas.

El cinco por ciento de los adultos en este mundo está triste. Muy triste. Está lisa y llanamente deprimidos. Medicados quizás. Algunos están muy medicados y de tan tristes no pueden dormir. Algunos como esta mujer norteamericana, que trabajaba en tecnología, estaban tan depres que pensaba cada dos por tres en desviar su auto de la ruta y dejarse morir en el pantano. Había probado con decenas de psicotrópicos y nada. Hasta que un grupo de científicos de la Universidad de Califronia en San Franciso, le dieron un tratamiento novedoso: un marca pasos neuronal. ¿En qué consiste? Básicamente detecta las conexiones que llevan al bajón y los nuetraliza con onda eléctricas que encienden otras redes neuronal. O, por decirlo así, bloque los pensamietos negativos y los riega de felicidad impulsa eléctricamente.

En tren de actualizarlo absolutamente todo el mundo se ha vuelto, como mínimo, un lugar incómodo. Ya no es sólo el peso que, cada dos por tres tiene nuevo billete. Ahora la innovación llega adonde sea uno mire. Tiene alfajores de tres pisos, bengalas en lugar de velitas, hamburguesas de carne que no es carne. La modernización impone un lema único: todo, sostiene, debe ser sometido regularmente a una sesión de chapa y pintura.

Que haya programas de alto rating de cocina vaya y pase. El hombre es, en su esencia más feroz, un muerto de hambre. Pero toda esta oda y ensalzamiento del rubro pastelería ya es ir demasiado lejos. Aflojemos un poco. Hay realities que arman un dramón de escala pandémica por el simple hecho de una mala cocción de merengue. O participantes que colapsan en vivo a raíz de que el balance visual de su pastel no da muy pictórico que digamos.

No importa sus ideas políticas. No importa que ya esté más para el arpa que para el violín. Clint Eastwood a sus 91 años, ya es de bronce y sigue vivo. Acaba de estrenar “Cry macho”, donde aborda –una vez más- la vejez con honestidad. Lo queremos a Clint como quien quiere a un abuelo. Lo sentimos cercano. Lo respetamos. Lo consagramos. Aplaudimos cada centímetro de su metro, 93 de estatura. 

Qué buenos eran Los Twist. Esa banda chispeante que hacía rockabilly, o lo que fuera que hacían. Eran unos capos. “Cleopatra”. “El estudiante”. “Mi herida”. Qué hitazos. Las letras se pegaban como cinta adhesiva, la guitarra siempre era filosa, turbia, entusiasta. Pipo Cipolatti era un frontman atípico: mitad alienado, mitad freakie. Un genio bizarro de gafas, jopo y pelo rojo. Un tipo que había sido hijo del comisario en tiempos de dictadura. Que hablaba de los marcianos como si fueran cosas de todos los días.