Crónicas + Desinformadas

Más allá de quién fue el más sólido y quién el más endeble, hay cierto encanto malicioso en ver a los candidatos debatir en la arena pública. Ya no es como antes, donde el debate era más abierto, sin límites, ni reglas y los candidatos, cual pelea de vale todo, se daban con uñas y dientes. Debate acalorados y rabiosos. Ahora es todo protocolar, medido y ordenado. Es cierto, antes eran más divertidos. Pero lo cierto es que, en tiempos donde nadie lee una plataforma electoral, no hay mejor modo de enterarse las ideas de los candidatos que viéndolos discutir ao vivo. 

Me sorprende leer el escaso protagonismo de algunas noticias que deberían ser titulares de portada. Asteroides que pueden impactar sobre la tierra en un tiempo escalofriantemente corto. Científicos que denuncian a laboratorios de un complot por no dar a conocer descubrimientos ante enfermedades que liquidan a medio planeta. Pronósticos de cómo va a ser el hombre y la vida en menos de medio siglo. Todo eso que debería ser de extrema importancia, en términos de espacio, se le da poca o nada de bola.

Justo cuando uno pensaba que las pelis de superhéroes se habían agotado –ya Superman y Batman tuvieron su duelo fatal, y los superhéroes unidos en Los Vengadores batieron récords con su saga-, aparece Joker, primer largometraje basado en ese villanísimo llamado el Guasón y que acaba de dar lugar a un nuevo mundo de posibilidades: las pelis de malvados.

Es curioso que con tantos ambientalistas y veganos que defienden a los delfines, a las vacas, a los osos, y a todo ser vivo con un mínimo de materia gris en este planeta, no se ocupen de denunciar ese fenómeno cada día más popular: las peleas de MMA, también llamadas vale todo. Esas jaulas televisadas ao vivo donde dos tipos con guantes pequeñísimos se dan con todo. Cada dos por tres, los titulares dan cuenta de un peleador que pierde la conciencia, o una quebradura de huesos, o simplemente de un luchador que cae y, en poco tiempo, muere. 

Un mes atrás, en una verdulería del pueblo –mi pueblo- lo vi: misma nariz chata. Mismo rostro galán. Algunas canas más, pero bien conservado. No era la verdulería más top de la ciudad –esa está frente a la plaza principal-, por eso me extrañó verlo ahí, haciendo cola, si mal no recuerdo, con su bolsita de tela. Un consumo discreto, barrial, bajo perfil. 

El milagrismo argentino –ese culto a que alguien nos salve de una buena vez-, tuvo, la última semana su último pico de entusiasmo en sangre: el regreso de Maradona como DT de Gimnasia. Fue un milagro pequeño, local, platense, pero aún así tuvo un impacto mediático que trascendió todo. Los periodistas analizaron con detalle obsesivo, lo que Diego dijo. Lo que Diego prometió. Y, en especial, cómo estaba Diego.

¿Falta de concentración? ¿Flojo para la creatividad? ¿Estrés galopante, ansiedad de no acabar y sinfín de sintomatologías que indican que está, como mínimo, quemado? En un escenario así, lo único que quiere es inocularse en vena maratón de serie en Netflix, atascarse de dulces y publicar catarata de mensajes pavotes en redes. Muchos de esos mensajes pavotes consisten en repetir frases esperanzadoras de autoayuda hueca, romántica e inaplicable. Entonces, se dirá, ¿qué hacer? ¿Cómo sortear el derrotero descendente que enturbia la psiquis y encharca el alma? 

Cuando las últimas llamas se apaguen. Cuando el mundo recuente, apenado, todo lo que se perdió y mucho de ello no volverá a ser en el Amazonas. Cuando el presidente Bolsonaro acepte –y los países le señalen- parte de su responsabilidad. Cuando los dueños de aserraderos en la selva, vayan, en fila, esposados rumbo a prisión. Cuando las redes nos devuelvan una y otra vez, pasado el humo, pasado el fuego, las fotos del desastre color ceniza. Entonces, recién entonces, el mundo tomará conciencia.  

A la ola de denuncias de abusos de vieja data, que aún siguen como heridas abiertas y deberá resolver la justicia, se le sumó ahora una ola colateral: la de celebridades que ponen, vaya a saber por qué, antiguos trapitos al sol. Allí tiene famosos que nunca vieron a papá. Otros que confiesan a corazón abierto adicciones a las drogas. Otros que perdieron primos, mejores amigos, el tío, otros perdieron a su perro, pobre perro querido, otros sobrevivieron a tragedias, algunas más dramáticas otras no tanto, salideras bancarias, resbalones, mordidas de perro, lo que sea.

Desde hace tiempo, lo cool se ha ido llenando cada vez más de chapa y barro, de avería y cartón. En la tele, años atrás, ya la serie “Tumberos” marcaba el inicio de una época donde la cultura carcelaria se hacía cada vez más mediática. Pero las cosas han ido creciendo y creciendo, como basural a la intemperie.