Situs SLOT terbaik yang perputaran scatter nya tidak pernah gagal cuma ada di Studiobet78.

Crónicas + Desinformadas

No sé usted, pero desde que existen los celulares y uno puede agendar cuanto número quiera, que dejé de recordar los números de teléfono. Recuerdo, a duras penas, el fijo de mi infancia en Barracas. Teléfonos de casas de viejos amigos. El de mi abuela y mi tía que ya no están. Y esta dificultad por recordar números es sólo la punta del iceberg de algo mucho más grande: la tecnología, la comodidad que envuelve a todo eso, nos vuelve día a día más inútiles.

Ya no basta con hackear una computadora, el sistema de seguridad de un banco, o por qué no, la mismísima Casa Blanca. Ahora, van por más: y lo que se propone un puñado de nuevos terapeutas es el llamado “biohacking”. 

Ya nadie teme a Dios. Ni al demonio. Ni al infierno. Ya nadie teme a la culpa. A la bomba atómica. Ni al acabose total y absoluto. Más bien la gente, día a día, más y más, le teme a ese intríngulis de datos cruzados, ese ombligo digital que nos clava bien hondo en lo profundo de no sé qué: el famoso algoritmo. 

El mundo estará cada vez más tecnologizado, conectado, con ganas de conquistar Marte y qué se yo cuántas cosas más, sin embargo, no puede evitar caer en ese irresistible obstáculo llamado guerra. No hay chat gpt ni IA, ni ola peace and love que neutralice el profundo sentido humano de, cada dos por tres, ponerse a bombardear a alguien.

Que hay que dormir ocho horas mínimo. Que hay que dormir de costado. Que hay que dormir panza arriba. Que hay que dormir con el celular lejos. Que hay que dormir con un colchón de qué se yo. Y una almohada de no sé qué. Que hay que dormir con música. Que hay que despertar desperezándose lo máximo posible y sin mirar el celular. Y si es lo posible despertar bañado por los rayos de sol matutino. Que se puede dormir mientras se escucha hablar un idioma nuevo –por ejemplo, si uno busca aprender chino-.

El último domingo fue un día espantoso: nuboso, helado, agrio, triste, solitario y otoñal. Aún así, sorprendió ver las portadas de los diarios con la ciudad de Buenos Aires inundada de camisetas anaranjadas -¿o eran rojas?-. Un mar que desbordaba calles enteras y colmaba el Autódromo. Los runners. La última maratón de 15 k en la ciudad convocó a cinco mil corredores a quienes los vaivenes meteorológicos se lo pasan por la alpargata.

Mientras la inteligencia artificial avanza y avanza, y hace cada vez más actividades complejas que antes con mucho esfuerzo y días de trabajo resolvíamos nosotros de mala cara, es que uno se pregunta: ¿cuando la IA lo haga todo, entonces nosotros, los seres humanos qué haremos con tanto tiempo libre por delante?

Esta semana fue tema debatido por los medios el desplante de Milei a Jorge Macri y también a su vice. Que lo “dejó con la mano en el aire”, que fue “un papelón”, que fue “falta total de cortesía”. En fin. Una cosa es no saludar y otra cosa es negar el saludo. Pero entonces, ¿cómo se supone que uno debe mostrar distancia social o simplemente rabia?

Los llaman agentes y son los que en última instancia –o primera, vaya uno a saber- nos van a remplazar en nuestros trabajos. Y, como puede sospechar, los agentes no son humanos. Son empleados 100% IA que trabajan como si fueran humanos, y no generan basura, no ocupan una silla, y no andan ensuciando el baño con sus necesidades. 

Ahora que, con el éxito arrollador de “El Eternauta”, el juego de Truco está nuevamente de moda y hasta dicen que los japoneses vienen a aprender a Buenos Aires, es tiempo de decirlo: el Truco no es un juego de barajas.