Crónicas + Desinformadas

Parece que las rivalidades musicales –la mayoría inventada como, el supuesto duelo de bandas entre Soda Stereo y Los Redondos -, algunas, en verdad, son más ciertas que otras. Si no, cómo entender que, a tantos años de su despegue y estrellato, los Rolling Stones y los Beatles sigan disputándose como niños por ver quién es la mejor banda de todos los tiempos. Pasados cincuenta años, los muchachos siguen dándose con todo.

Es extraño como, entre tantas lecturas recomendadas y películas en pleno confinamiento de la peste, a nadie se le ocurrió mencionarlo. Cómo, entre tantas galerías fotográficas de animales que toman las ciudades, con la humanidad replegada en sus casas, a ningún periodista lector le brilló la lamparita, buscó en su biblioteca y encontró la obra. Lo llamaron uno de los experimentos mentales más importantes de nuestro tiempo. Y también “Un libro clave para una especie que está jugando con su propio destino”.

No hubo –ni quizás habrá- otro adminículo sobre el cual se haya innovado tanto en tan poco tiempo como el barbijo. Hay de colores flúo, customizados, con dibujitos, con emojis y estilo lúdico con mandíbula de lobo feroz. Y días atrás se supo de dos emprendedores –argentinos obvio- que desembolsaron dos millones de pesos y crearon: The Micro Mask –viene con 10 filtros que duran 10 días cada uno-. Pero lo más importante de todo es esto: tienen onda.  Hay modelos para hombre, mujer y niño. Te los mandan, claro, a tu casa.

Fíjese lo que sucede con el boom mundial de la miniserie “Poco ortodoxa” que da cuenta de cómo una judía se infla de los ritos familiares de judíos ortodoxos en Brooklyn y decide tomarse el palo. La historia está, se supone, basada en un caso real. Y expone un modelo de vida basado en una religión rígida y poco cómoda, ancestral pero anticuada que, para la protagonista se hace irrespirable.

Entre la catarata de cadenas y videos, inmersos en la peste, hay un puñado realmente llamativos: los videntes que, juran ellos, que anticiparon lo que vendría. 

Más peligroso que amenaza de peste mundial, es el miedo patológico al aburrimiento. La gente, aislada en casa, tiene pánico a esa sensación de sinsabor existencial que es cuando uno se pudre. En un escenario de cuarentena social, lo primero que se ha hecho –antes que disparar protocolos de salud- fue disparar protocolos de entretenimiento: películas gratis, libros gratis, museos virtuales gratis, teatro gratis. No vaya a ser que la gente caiga en la peste bajonera del tedio y se dispare la psicosis social, las bolsas desplomen más de lo que ya se han desplomado, el riesgo país se eleve cual barrilete y demases. 

En tiempos donde todo se cocina afuera, donde las posibilidades, la acción, la espuma de la vida, la creme de la creme, todo sucede de la puerta para allá de casa, que a todos nos manden a una suerte de cuarentena es, para muchos, duro de digerir. Estar recluidos en casa, aún conectados y con luz verde de wi fi, día y noche, contra nuestra voluntad, suena más a condena que a recreo.

Cuando se disparó a nivel global el brote del coronavirus, se dijo que un hombre había anticipado toda la trama: un escritor. Se llama Dean Koontz, un capo de la novela de horror, y, si bien el asunto se tiñó luego de la sombra de una fake news –sus vaticinios no eran tan exactos como se auguraba-, el asunto se convirtió en noticia mundial. ¿Será entonces que para determinar qué peligros nos depara el destino, más que observar estudios de infectólogos o científicos varios, no deberemos leer novelas de sci fi y terror? 

Es asombroso cómo aún hay gente que cree que lo mejor de lo mejor en poesía femenina, o cuando en tertulia literaria hay que mencionar nombres sobre la mesa como quien coloca barajas, siempre aparezcan dos y siempre dos: Alejandra Pizarnik y la eterna Alfonsina Storni. A veces, los susodichos no alcanzan a recordar ningún poema en particular pero insisten en la influencia de las dos –tal vez por sus dos muertes tan tremendamente románticas-, tal vez producto de leer y releer suplementos literarios donde avalan la elección, en el trono de la poesía argentina con polleras.

Nunca supe quién me enseñó a jugar al truco, ese juego de barajas donde, el que mejor miente, es el que gana. Lo que sí sé es que en mi familia, y en la familia de otros amigos, una de las primeras cosas que nos enseñaban a jugar era al truco. Participábamos de torneos playeros aún antes de saber qué catzo era una raíz cuadrada.