Crónicas + Desinformadas

Lo llaman navaja de Ockham. Y es parte del pensamiento lógico. El planteo dice así: normalmente, la razón detrás de un acontecimiento es la más evidente de todas. Pero de tan evidente, nadie le presta atención.

La última semana fue mi cumpleaños y, como no sucedía hace cuatro años, decidí festejarlo. Los que llamaron y vivían cerca –recuerden que resido en Lobos a 100 km de capital-, los invité a comer asado. Y tras semejante decisión festiva, me vino la desazón: ¿pero de qué van a hablar los invitados sin que esto altere la paz y armonía del cumpleaños? ¿Qué temas pueden tratarse sin que no aparezca, acechante, la grieta y todo se vaya por la canaleta? Los pocos amigos que confirmaron presencia, estaban en las antípodas religiosas, en las antípodas ideológicas e, imagino, si indago un poco, en las antípodas futboleras. Lo cual, dejaba muy poco rubro por tocar sin temor a perder los estribos.

Hay que sacarse el sombrero con Vicentico, el músico Vicentico. Tiene los códigos de la gente de antes. La conducta de nuestros abuelos y de las celebridades de antes. Se expone lo justo y necesario. Se aparta de los escándalos y lleva un vida lo más normal posible, aún siendo famoso y aún teniendo esposa famosa y actriz.

Se dejó crecer la barba y más que David Letterman, el presentador que durante 30 años condujo su propio programa nocturno, su late night show y revolucionó la televisión mundial, parece ahora más Papá Noel que otra cosa. Sin embargo, y a pesar de colgar el micrófono de su programa, y cuando todo el planeta lo daba por jubilado y retirado de los medios, emprendió una serie de entrevistas maduras, filosas y reflexivas para Netflix llamada “No necesitan presentación”. Sobre un escenario y ante un teatro atiborrado de público, Letterman traza un arco de entrevistas de una hora que van desde Jerry Seinfeld a Barak Obama, desde la Nobel de la Paz Malala a Tina Fey.

Conocì a Mirtha Legrand, quien acaba de cumplir 50 años de programa, en su estudio y, como era el rito de entonces, fui presentado por su productor de entonces Carlos Rottemberg. No era el mejor momento de popularidad, pero Mirtha pasaba por su época más afilada. Preguntas venenosas de Doña Rosa de cables pelados. Más que decir que Rottemberg me la presentó, debería decir que simplemente Rottemberg me dijo fuera de cámara: “Cuando termina el programa te acercás, le decís quién sos y rezá para que le caigas bien y te dé una nota”. Tuve suerte. Mirtha leía revista Noticias, donde yo trabajaba, y aceptó en ese mismo momento conversar. Pues la costumbre era, una vez despedidos los comensales sentarse a beber un té siempre el mismo, en una taza, siempre la misma. La taza, que usaba desde su programa número uno, tenía dos escenas de un carro tirado a caballos. En la primera el carro se despedía en su partida. En la segunda, llegaba a destino. En aquella nota, además de que Mirtha destrozó a figuras de la política, y ponderó y criticó a sus pares del espectáculo, comparé aquel carruaje con su propia partida del pueblo natal y su posterior llegada a la ciudad. “Tu nota le gustó a la señora”, me dijo Rottemberg, así que, semanas más tarde, volvimos a hacerle otra entrevista. “La señora quiere que la visites en su casa”.

¿Por qué será que en las ficciones más populares y taquilleras, siempre los delincuentes son unos vivos bárbaros, pintones, de gustos refinados, y con vuelo filosófico? ¿Por qué los ladrones se quedan con las mejores chicas, son altruistas, heroicos y aspiracionales? ¿Por qué, en cambio, los polis tienen existencias grises, sombría, mediocre, son panzones y llevan muchos años casados con alguien que le es infiel o a quien, desde hace tiempo, ya no aman?

Desde el fanatismo primero, fantástico y de guerra clásica, de El señor de los anillos, hasta la cruzada de espadas, dragones y muertos vivos de la serie Juego de tronos, una chispa debió encenderse, y un fuego quedó vivo. A miles y miles de fanáticos en todo el planeta, de pronto, así como así, les dieron unas ganas irrefrenables de sacar espadas y combatir cuerpo a cuerpo, al viejo estilo, con dragones con orcos o con un monstruo peor que es otro ser humano.

Nosotros tuvimos a Gardel. Y el mundo lo tuvo a Sinatra. Y veinte años atrás, una ciudad entera –la luminosa Vegas- se apagaba al unísono en honor a la partida del cantor que lo hizo todo, excepto bailar.

Qué lucha cruel y mucha la que se desataba cuando uno daba todo y, la mayoría de las veces, sin suerte por llenar un álbum de figuritas. Sin suerte, digo, porque nueve de cada diez veces que, de chico, entrabas en la recta final de llenar el álbum, por alguna extraña razón, los paquetes dejaban de venderse en los kioscos. Era un acto de crueldad imperdonable. La forma en que tiene este mundo de ir educándote en la frustración. Tus figuritas simplemente desaparecían y aparecía, en su lugar, un nuevo álbum, y una nueva carrera frenética por completarlo.

De todos los maestros espirituales del último siglo, sin dudas, no hubo otro tan provocador como Osho. El tipo hablaba de destruir las religiones. De hacer lo que a uno se le canta el traste. Y, en especial, de disfrutar del sexo como una experiencia espiritual.