Crónicas + Desinformadas

No sé cuál será tu opinión del cine francés. Tal vez, se limite a recordar que existe un actor francés que tiene la nariz como un tubérculo, pero ni siquiera se te viene a la cabeza el nombre. O recordar aquel otro francés de rulos rubios que era muy gracioso, en la línea de Mr Bean. Pero hasta ahí llega la cosa. Nombres de películas, cero.

Nada como el verano para darse cuenta de lo lento que viene la evolución humana, en relación a otras contingencias de la naturaleza. Ahí está, una vez más, el intento inútil por frenar el mosquito con repelentes, cada vez más inútiles. La búsqueda, infructuosa, por protegernos de un sol cada año más caliente y penetrante y nocivo. Nuestro recurso, ridículo, por eliminar la velocidad e intrepidez de la mosca con una palmeta que lleva un siglo sin evolucionar en lo más mínimo. Si somos la cúspide de la evolución planetaria, la corona de la creación, vamos a tener que hacer un esfuerzo un poco mayor por parecerlo, ¿no le parece?

Pasa otro fin de año y queda el sabor amargo de los fuegos artificiales en aire, esa atmósfera de pos guerra que depara todo final de fiesta. El reino humano que celebra mientras el resto del reino animal lo lamenta, y un largo debate que aún queda abierto: ¿debe seguir siendo la pirotecnia de venta libre o debe estar restringida?

Mirando hacia atrás, cada vez que acaba el año, mientras se propone trazar un puñado de objetivos para el año venidero, uno, a la par, descubre el sinfín de problemas que se hizo al divino botón. Asuntos que, en su momento, parecían tsunami y terminaron siendo charquito de plaza. Abismos, cornisas y pozos sin fondos que, pasado el tiempo, se transformaron en escaloncitos sin importancia.

Día a día este mundo genera especies en extinción. Eso entre otras especies. Pero en cuanto a la especie humana, este mundo genera día a día actividades en extinción.

¿Por qué la gente cuando gana millones como artista, a medio mundo le resulta que esto significa que es un snob? ¿Por qué será que la aprobación popular a gran escala, rara vez va acompañada del elogio de la crítica especializada? Y, para ser más concretos, ¿por qué aún hoy existe gente que cree que Phil Collins, quien junto a Paul Mc Cartney fue el único que vendió 100 millones de discos tanto con una banda como en su carrera solista, que piensa que Phil hacía música para secretarias?

El hombre aún no puede revivir a los muertos, pero de tanto en tanto Hollywood revive sus viejos éxitos, sepultados tiempo atrás en el inconsciente colectivo, y da rienda suelta al negocio de la nostalgia. A veces, el homenaje es bueno y emotivo. Y, por qué no, justo. Pero otras veces, parece sólo un invento del departamento de marketing.

Para hacer comedia en este mundo, hay que estar loco. Y para hacerlo realmente bien, hay que estar prácticamente al borde de la internación. Tiempo atrás, le pidieron a un loco hacer el papel de otro loco. Pedírselo fue, por supuesto, otro acto de locura. Pero la locura tiene algo que raramente vas a encontrar en este planeta: la locura tiene chispa. Y eso es lo que sucedió.

Con toda esta búsqueda frenética del submarino ARA San Juan y los 44 tripulantes argentinos, en medio de la desesperación, la supuesta falta de oxígeno y demás peligros en ciernes, uno se pregunta: ¿para qué corno inventó la humanidad algo tan contraproducente como un submarino? Digo yo: ¿por qué no nos quedamos en disfrutar de la superficie en barco, la bella línea horizontal del horizonte, el mar meciéndose por todas partes, y nos dejábamos de jorobar de una buena vez?

De todas las modas tontas –que de por sí ìntrínsecamente toda moda es tonta- la más demencial, sin dudas, es el tattoo. Y esta costumbre que debió permanecer sólo reservada al rubro de los piratas y, si se lo permite, a algunos tumberos, creció, se expandió y se multiplicó hasta límites insospechados. Y, dígamoslo ya, preocupantes.