Crónicas + Desinformadas

Ni pomo. Ni murga. Ni fascinación por la carroza. Ni hechizo por las lentejuelas. Nada de nada. El carnaval no me gusta, nunca me gustó y cada vez que se acerca la fecha, siempre dedico unas líneas a sentar posición sobre este fenómeno que crece a velocidad imparable y que, en Latinoamérica al menos, debió circunscribirse sólo a Río de Janeiro.

Ya no es del DT Marcelo Bielsa analizando al detalle obsesivo y transpirado las jugadas de delanteros buscando su nueva adquisición. O el legendario Bilardo, con pilas y más pilas de VHS a fin de estudiar de cerca puntos flojos y fortalezas del equipo rival. Todo eso, tecnología mediante, es cosa del pasado. Ahora hasta los equipos de fútbol usan una herramienta high tech: el big data. 

Tomar un remedio no es sólo una cura. Tiene, como todo el mundo sabe, sus efectos colaterales. Los coletazos físicos, es cosa sabida, basta con verlos detallados en la letra chica del prospecto. Ahora bien, el alcance psicológico de esos efectos colaterales, parece, gracias a recientes descubrimientos, mucho más profundo de lo que imaginamos.

Se evitarían infinidad de problemas si la gente no bebiera. Y si los adolescentes no bebieran más aún. La gente tomaría decisiones con lucidez, con voluntad, con conciencia. Los boliches abrirían y cerrarían más temprano porque, sin alcohol, la gente tan tarde se quedaría dormida.  

Los dos, de algún modo, estuvieron involucrados con el arrojo de seres que caen del cielo. A uno, de hecho, lo condenaron por esto a 1.084 años de prisión. Al otro, le llegó la condena social que, a veces, es peor.

Los medios asignaron un espacio modesto, apartado y tal vez, pudoroso para anunciar la muerte de la ex legisladora y actriz Elena Cruz. Tenia 93 años. Había filmado pelis con Luis Sandrini, entre muchísimos otros. Su marido, también actor, Fernando Siro, había muerto en el 2006.

Ahora, Emir Kusturica acaba de potenciar aún más el mito con el documental, el Pepe, que ya se ve por Netflix. Y así, la vida del uruguayo Mujica, el más romántico de los presidentes latinoamericanos, sigue su ascenso en el inconsciente popular. La gente lo quiere, las redes repiten sus frases cual máximas de Gandhi, nadie duda de que, políticos así, no abundan. Sin embargo, vaya a saber uno por qué, los que lo imitan son pocos. Y sus dichos son repetidos hasta el hartazgo, pero no hay valiente que se atreva a aplicarlos.

Cuentan que cuando volvió de India en los años ‘60, descalzo y barbudo, su padre, abogado, ejecutivo y fundador de una universidad, fue a buscarlo al aeropuerto y le rogó que se subiera rápidamente al auto para que nadie lo viera. El cambio lo había avergonzado. Pero Richard Alpert, ya no era más su hijo Richard, académico de Harvard e intelectual prometedor, ahora se hacía llamar Ram Dass y ese Ram Dass, acaba de morir una semana atrás en su casa de Hawai, a los 88 años.

La Navidad es una mentira consensuada. Hasta los niños se dan cuenta de esto, pero, por temor a que le quiten los regalos, no dicen nada. 

Las empresas le temen más que al Papa. Y sus twits meten más miedo que los de Trump. Sin dudas, la activista teen Greta Thunberg cada vez que sube un texto a las redes genera pánico escénico entre las empresas. ¿Por qué? Porque su conciencia verde, que le impide comer carne y hasta viajar en avión –para reducir el costo ambiental- tiene millones de seguidores y cada una de sus bajadas de pulgar, puertas adentro de las empresas, se viven como la hecatombe. No importa dónde Greta ponga el ojo, los CEOs tiemblan, las bolsas se sacuden, y los cimientos de este mundo, basado en guita y solamente guita, crujen.