Crónicas + Desinformadas

Cada dos por tres, cuando llevo y busco a mi hija por el colegio me cruzo con un clonador. Es un hombre normal  y sonriente. Con cierta fama en los medios y como dicen en mi pueblo: saludador. Llega con una camioneta aplastante pero camina con humildad y recogimiento. No anda diciéndolo por ahí pero medio mundo aquí ya lo sabe: es uno de los referentes del incipiente mercado de clonación de caballos. Un secreto a voces que ya revolucionó el juego del polo donde, para decirle un dato, hay partidos donde ya lo disputan 11 caballos clonados.

En la disparada de metralla de artistas internacionales que llegan este año a la Argentina, sedientos –no todos, claro- por facturar en tiempos donde ya nadie compra discos, hay que destacar una visita que es digna de mención: los muchachos –ya no tanto, más bien podrían ser abuelos- de Blur que llegan, si Dios quiere, en noviembre.

Quedaron tantas estrellas pop que rodaron pendiente abajo que pocos apostaban a que Taylor Swift llegara a los 33 años con más éxito que nunca. Tanto es así que la Reserva Federal de Estados Unidos, una entidad que se interesa sólo por aquello que realmente mueve económicamente la aguja de una superpotencia, que acuñó el término “efecto Taylor Swift” para explicar el subidón de ingresos en 17 estados de la nación, producto de la gira de la rubia Taylor intitulada “Eras tour”.  La gira en cuestión, como bien sabemos, la traerá por aquí donde dará dos conciertos en River a todo trapo, y además la paseará por cinco continentes: 131 shows en total. Es decir, muchas economías que sentirán el electroshock de ingreso producto del, ahora ya lo conoce, “efecto Taylor Swift”.

Esta semana, religiosamente y por más que el peso caiga, el cambio climático provoque desastres y la mar en coche, los Martín Fierro se celebraron a todo color. Y la alfombra roja sigue tan roja como tuco de la abuela. 

Uno asocia los países nórdicos europeos a que viven mejor, que son ordenados, armónicos, y tienen sistemas de gobiernos tan eficientes que ni se molestan por recordar el nombre de su presidente, sin embargo, no se sabe si por cuestiones climáticas o qué, estos mismos países nórdicos tan prolijitos también figuran entre los que más gente se quita la vida. Pero a pesar de las estadísticas suicidas en contra, ahora, por ejemplo, los suecos están de moda, espiritualmente hablando. Son, por así decirlo, los nuevos budistas en tiempos post pandemia. Y se los vincula a cómo vivir la vida en un momento donde ya todos han perdido la receta de un pasar feliz.

Según parece, a la luz de nuevos estudios científicos, no sólo debemos los seres humanos preocuparnos –y ocuparnos, claro está- de que el cambio climático no nos elimine de la faz de la tierra. Además, deberíamos prestar atención a otro detalle aún más sutil e impensado: probablemente el cambio climático enloquezca a millones de insectos en todo el planeta, volviendo esta bola giratoria inmensa en un zoológico que parece cada día más a un manicomio de especies.

Todo se disparó por una travesura de un artista de nombre Luc Loiseaux. Uno más que, entusiasmado con una app de inteligencia artificial, se puso a jugar con viejas fotos de un escritor maldito del cual queda escasísimo registro de imágenes, y zás: obtuvo una foto cautivante y callejera del gran Arthur Rimbaud, de ojos clarísimos y jopo esponjoso, y aún así atrozmente real. Aquella foto que, Loiseaux lanzó a las redes cual botella al mar, fue recogida y replicada con alegría por colegas poetas aquí y allá y en todas partes, ilusos todos de que una nueva era había comenzado, ya está aquí: la de no saber –ya nunca más saber- qué es verdadero y qué no. 

Si hay un rasgo, una pista de que nos permite verificar claramente que el futuro ya llegó, y el cambio de paradigma también, es decir todo está patas para arriba como era nuestra vida digamos diez años atrás, eso implicaría simplemente ir al super y buscar una leche. Más allá de la oferta abrumadora de leches que ya no son leches –es decir, o no vienen de la vaca, o les han quitado tantas cosas que es prácticamente como si no viniera de la vaca-, es llamativo tomarse el tiempo y leer el sachet o la cajita y ver las cosas que han agregados, los pobres. 

Si pensaba que una lluvia de asteroides nos barrería del planeta igual que a los dinosaurios, o desembarcaría una flotilla de alienígenas dispuestos a quitarnos del lugar, o lo que haría sucumbir la raza humana es un tsunami a escala planetaria, o una erupción volcánica sincronizada de todos los volcanes del planeta, al parecer hay otro ingrediente mucho más cotidiano que podría hundirnos cual barquito de papel: el plástico.

Es inminente el estreno en la policía de la ciudad de Buenos Aires de las renombradas pistolas táser. Estas son capaces de lanzar como arpones dos anzuelos que producen una descarga eléctrica sobre el malviviente –o bienviviente, depende de cómo se lo mire y del éxito hasta entonces del criminal en cuestión-, y estos electrodos le generan 19 contracciones por segundo algo que a la víctima y dicen los que la probaron, lo deja extenuado como si acabara de comer dos pizzas grandes de muzarella sin una gota de agua. Y queda rendido sin ganas de escapar, sin ganas de oponer resistencia y tal vez, vaya uno saber, sin ganas de seguir disfrutando de las delicias sin costo económico ni esfuerzo laboral que ofrece el mundo del hampa.