Crónicas + Desinformadas

Es curioso que con tantos ambientalistas y veganos que defienden a los delfines, a las vacas, a los osos, y a todo ser vivo con un mínimo de materia gris en este planeta, no se ocupen de denunciar ese fenómeno cada día más popular: las peleas de MMA, también llamadas vale todo. Esas jaulas televisadas ao vivo donde dos tipos con guantes pequeñísimos se dan con todo. Cada dos por tres, los titulares dan cuenta de un peleador que pierde la conciencia, o una quebradura de huesos, o simplemente de un luchador que cae y, en poco tiempo, muere. 

Un mes atrás, en una verdulería del pueblo –mi pueblo- lo vi: misma nariz chata. Mismo rostro galán. Algunas canas más, pero bien conservado. No era la verdulería más top de la ciudad –esa está frente a la plaza principal-, por eso me extrañó verlo ahí, haciendo cola, si mal no recuerdo, con su bolsita de tela. Un consumo discreto, barrial, bajo perfil. 

El milagrismo argentino –ese culto a que alguien nos salve de una buena vez-, tuvo, la última semana su último pico de entusiasmo en sangre: el regreso de Maradona como DT de Gimnasia. Fue un milagro pequeño, local, platense, pero aún así tuvo un impacto mediático que trascendió todo. Los periodistas analizaron con detalle obsesivo, lo que Diego dijo. Lo que Diego prometió. Y, en especial, cómo estaba Diego.

¿Falta de concentración? ¿Flojo para la creatividad? ¿Estrés galopante, ansiedad de no acabar y sinfín de sintomatologías que indican que está, como mínimo, quemado? En un escenario así, lo único que quiere es inocularse en vena maratón de serie en Netflix, atascarse de dulces y publicar catarata de mensajes pavotes en redes. Muchos de esos mensajes pavotes consisten en repetir frases esperanzadoras de autoayuda hueca, romántica e inaplicable. Entonces, se dirá, ¿qué hacer? ¿Cómo sortear el derrotero descendente que enturbia la psiquis y encharca el alma? 

Cuando las últimas llamas se apaguen. Cuando el mundo recuente, apenado, todo lo que se perdió y mucho de ello no volverá a ser en el Amazonas. Cuando el presidente Bolsonaro acepte –y los países le señalen- parte de su responsabilidad. Cuando los dueños de aserraderos en la selva, vayan, en fila, esposados rumbo a prisión. Cuando las redes nos devuelvan una y otra vez, pasado el humo, pasado el fuego, las fotos del desastre color ceniza. Entonces, recién entonces, el mundo tomará conciencia.  

A la ola de denuncias de abusos de vieja data, que aún siguen como heridas abiertas y deberá resolver la justicia, se le sumó ahora una ola colateral: la de celebridades que ponen, vaya a saber por qué, antiguos trapitos al sol. Allí tiene famosos que nunca vieron a papá. Otros que confiesan a corazón abierto adicciones a las drogas. Otros que perdieron primos, mejores amigos, el tío, otros perdieron a su perro, pobre perro querido, otros sobrevivieron a tragedias, algunas más dramáticas otras no tanto, salideras bancarias, resbalones, mordidas de perro, lo que sea.

Desde hace tiempo, lo cool se ha ido llenando cada vez más de chapa y barro, de avería y cartón. En la tele, años atrás, ya la serie “Tumberos” marcaba el inicio de una época donde la cultura carcelaria se hacía cada vez más mediática. Pero las cosas han ido creciendo y creciendo, como basural a la intemperie. 

Fue un clásico de Disney a la altura de Blancanieves o La Bella y la Bestia, pero abordó un tema que las películas infantiles de ahora, carecen: la muerte de un ser querido. 

Dicen que tiene escritas sus memorias y no consigue editorial que quiera publicárselas –cuatro grandes sellos ya le dieron el no-. Dicen que cada vez tiene más dificultades para encontrar  productores que quieran invertir dinero en sus propuestas –incluso inició una demanda con Amazon por negarse a estrenar su último film-. La vida de Woody Allen, hace tiempo, dejó de ser una comedia. 

A medio siglo exacto del aterrizaje en la Luna, en julio de 1969 y el episodio que inauguró nuestra carrera espacial, la misión Apolo XI sigue sacando trapitos al sol. Que fue todo un embuste filmado por Stanley Kubrick. Que el alunizaje se produjo gracias a los soviéticos –enviaron una misión para comprobar que el suelo era sólido, pero ningún astronauta jugó golf allí-. Que la bandera norteamericana, ya es blanca. Que uno de los tres tripulantes luego se deprimió y se hizo alcohólico. Que los pasajeros del Apolo habían nacido en el mismo año y pesado el mismo peso: 75 kilos. Y que –esto es sabido- 600 millones de personas vieron el espectáculo en vivo. 

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