Crónicas + Desinformadas

Aquellos que leen los significados ocultos en los hechos cotidianos, son los primeros en señalar que la pérdida del olfato, uno de los síntomas distintivos del covid, es sinónimo de algo más. Pero, ¿de qué?

Cada vez que hablo con un amigo –o incluso con mi hija mayor-, me repiten: “Tenés que ver Dark, es una serie espectacular”. “¿Y de qué trata?” “Tiene que ver con una noción diferente del tiempo, que trasciende lo que pensamos es pasado, presente y futuro”. “Y entonces”, insisto yo para jorobar, “¿de qué trata?”

A la ola de selfies domésticas en tiempos de cuarentena y bodrio encerrado, se le suman ahora las fotos de mascotas en todas sus poses y estados anímicos, 24hs full time. Hay más presencia mascotil en redes de la que nunca hubo en la historia. El índice canino se disparó por las nubes, cual precio del oro, son tendencia en twitter, los videos más populares en Instagram, y tienen canales propios en Tik Tok y YouTube.

Adopté, en plena pandemia, un hobbie nuevo: dar de comer a los pájaros. Parece una tontera pero, de algún modo, me tiene absorbido en su inmensa capacidad de crear tramas nuevas a diario, cual tira de Netflix. 

Una vez, años atrás, de visita en Turquía, fuimos con un amigo local al casamiento de otro turco. Fue todo lo contrario a las bodas occidentales: de día, nadie bailó, no se sirvió alcohol. Desfiló una banda solemne y otomana. Y a las tres horas, todo estaba terminado. Pero lo que más me sorprendió que el regalo de boda que hizo mi amigo, al casamentero: le entregó una bolsita muy pequeña. Le pregunté qué era. “Es una pepita de oro”, me dijo. Se la entregó –eran compañeros en una empresa telefónica- y el recién casado se la metió en el bolsillo. 

Yo era una persona virgen e inocente –hablamos de la vida en las redes, claro está-, y cuando conocía a una persona, no me preguntaba qué tan importante o anónima era, o cuánto luchaba para dejar de serlo. Todo esto, hasta que me metí en Instagram. Y, a la flauta, todo cambió.

Pasaron 30 años de su estreno. Toda una vida. Demi Moore, ya peina canas –se las tiñe, claro-. Y Patrick Swayze, está allá en el cielo tocando el arpa con ojos aún irresistiblemente marinos. Pero “Ghost, la sombra del amor”, sigue trayendo un eco irresistible. Pues no sólo fue una de las películas más vistas en los ’90, fue, tal vez, la primera en abordar asuntos metafísicos resistidos por Hollywood como la vida y la muerte. 

No todo el mundo quiere volver a la normalidad, si uno con esto se refiere a colapso, caos, transporte desbordado, y una vida signada por la incertidumbre y el empujón. La normalidad será normal, pero no es muy digerible que digamos. Es por eso que, aquellos que han invertido en sofá, balcón con plantas, y piso elevado, en la vil ciudad, descubrieron que la cuarentena no está tan mal que digamos. Y el hogar dulce hogar, es más dulce si todo allá afuera, arde y sucumbe, cual película del acabose.

¿Qué debemos hacer con los runners, esa gente que, ante el primer indicio de relajación de cuarentena, se calza prendas flúo y sale cual estampida de toros a correr y esparcir toda clase de virus peligrosos? ¿Quiénes son y, sobre todo, cómo contener lo incontenible? 

Si algo dejó al desnudo al cuarentenismo extendido es que podemos vivir felices y contentos sin necesidad de famosos. Listo: lo entendimos de una buena vez. Lo siento mucho por ustedes, famosos, pero deberán, a partir de ahora, dedicarse a algo realmente útil y provechoso como la carpintería o armar pastones en obras en construcción.