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En tiempos donde los rockeros locales están de capa caída, denunciados por abusos, apresados y marchitos, la venida de Roger Waters a la Argentina llegó en el mejor momento. Waters hizo de su desgracia no sólo obra artística cumbre, además lo motivó a una cruzada humanitaria a escala global que aún lo tiene como protagonista.

Que la Argentina sea un país joven siempre pareció una buena cualidad: juventud viene ligado a futuro, a potencial, a frescura. Esto es lo que uno puede ver cada vez que visita Europa, países, por así decirlo, viejos, ancianos donde los niños escasean. Y se respira atmósfera de cansancio, de comilona, y de fin de ciclo.

Es inimaginable cómo, a esta altura del partido, aún hay gente que sigue negando verdades categóricas como el cambio climático y el escenario en puerta de cataclismos de toda clase. Comentan, muy sueltos de cuerpo, que en verdad esto es algo cíclico: así como la temperatura sube, algún día bajará. “Esto ya sucedió en otros tiempos, muy atrás”, afirman convencidos. “Y mirá vos: acá estamos. Sobrevivimos”.

“Lo que ustedes tienen en Argentina, no es dinero”, me dijo un amigo que vive en Uruguay, “son papelitos”. Y tiene razón: podrán parecerle pesos, porque los papelitos siguen teniendo los mismos sellos, los mismos dibujos, las mismas cifras, pero ya no lo son. Hace tiempo que no lo son.

De todos los interrogantes que dejó el paso del Potro Rodrigo por este mundo, ahora avivados por el estreno de su película, sin dudas el de su final sigue siendo el más impenetrable.

Puede hacer la prueba usted mismo: deténgase un momento a ver el noticiero de Telefé y lo verá. Allí está Nicolás Repetto, uno de los conductores que más Martín Fierro ganó en la historia, un tipo que supo mezclar el humor y el periodismo como pocos, un hombre que podía conquistar a Doña Rosa al hijo de Doña Rosa y al marido de Doña Rosa y sentirlo parte de su familia. Tiempo atrás, a Nico se lo veía en tevé pura sonrisa, sintiéndose como en el patio de su casa. Una semana atrás, en plena cobertura de los juegos Olímpicos juveniles en Buenos Aires, dí con el noticiero de Telefé, y observé con detenimiento a Nico, las facciones antes hacia arriba de Nico y ahora el rictus apesadumbrado y tironeado hacia abajo, como si alguien recibiera mil malas noticias a la vez, mientras conversaba con una cronista que le decía la algarabía que reinaba en el Obelisco. Y me dije, y sigo diciéndolo: Nico está triste.

Se llama el General y el hombre inventó el reggaetón, el ritmo más contagioso, febril y meneante del planeta. Concibió un puñado de hits en los ’90 que lo inmortalizaron y asociaron su nombre y sus letras a esa parte del cuerpo femenino que va de la cintura hacia abajo. “Te ves bien buena”, “Tu pum pum” y “Muévelo”, fueron su trinidad de caderas. Y ahora, en plena hora de reivindicación feminista, el General renunció a su cargo y a su podio –se hizo millonario y le llovieron seis Billboards y 32 discos de oro- para abrazar a Dios y que Dios lo abrace a él. “El reggaetón es música de Satanás”, dijo, ahora convertido en Testigo de Jehova para alarma de sus fans y sus fansas que lo entronaron rey del boliche, la noche y la mar en coche.

No hay frase tan típicamente argentina como “poner huevo”. Se lo pide, no importa en qué rubro. Se lo reclama a los cuatro vientos. No interesa tanto la calidad del destinatario en cuestión, no interesa si es el presidente, el tenista local en pleno duelo de Copa Davis, o el número nueve de la selección, lo que se le pide acá es que transpire la camiseta, y que, como también nos gusta decir, que deje el alma en la cancha.  

Después de Maradona, nadie ha dado tanta frase polémica en la Argenta como el metalero Ricardo Iorio. Si tuviera cuenta de Twitter sería un éxito.

A pesar de la derrota de Juan Martín Del Potro en la final del US Open, hay algo a tener claro. Una lección a aprender. Y es la siguiente: no hay obstáculo que sea definitivo, cuando uno persevera. Del Potro se sobrepuso a lesiones, operaciones, viento en contra piscológico, y siempre sorprendió. Siempre se las arregló para volver de las cenizas, cuando medio país ya lo daba por muerto.

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