Crónicas + Desinformadas

Con el aluvión de mandatarios de peso internacional, su visita quedó un poco, y con cierta razón, ensombrecida. Entre Trump, el presidente Chino y Angela Merkel, escasas líneas quedaron disponibles en los periódicos para dar espacio a la visita del Mirasol. Delgado, puntudo, ojos chispeantes. Algo de barba blanca cual cepillo. Un poco chamuscado. Otro poco agotado. Lo encontró un vecino en Turdera y lo llevó a un parque de aves: el parke Finky, que alberga cien clases de pájaros. Nunca, que se tenga memoria, llegó un mirasol grande a Buenos Aires. La razón: es pájaro tropical. Los expertos señalan que, a duras penas puede llegar hasta el norte del país, en Formosa y el Chaco. Pero más abajo, jamás. ¿Con qué sentido? Sería una condena a muerte.

Los argentinos tenemos crisis de aburrimiento. No porque seamos un país aburrido, no señora. No señor. No señore.

Conocí, como tantos otros, a los anarquistas a través de las obras del historiador Osvaldo Bayer. La vida de Severino Di Giovanni, narrada por Bayer, parece una película de Tarantino: un tipo entregado, de armas tomar, culto y romántico. Severino y todos los de su generación, eran unos defensores de la educación de alta calidad pública y unos difusores a ultranza de la cultura. Poca gente hizo tanto por la lectura y la multiplicación de bibliotecas como esos primeros anarcos. Ellos realmente creían y actuaban en consecuencia, que cuanto más cultivado un pueblo, menos dependiente serían de las autoridades.

En tiempos donde los rockeros locales están de capa caída, denunciados por abusos, apresados y marchitos, la venida de Roger Waters a la Argentina llegó en el mejor momento. Waters hizo de su desgracia no sólo obra artística cumbre, además lo motivó a una cruzada humanitaria a escala global que aún lo tiene como protagonista.

Que la Argentina sea un país joven siempre pareció una buena cualidad: juventud viene ligado a futuro, a potencial, a frescura. Esto es lo que uno puede ver cada vez que visita Europa, países, por así decirlo, viejos, ancianos donde los niños escasean. Y se respira atmósfera de cansancio, de comilona, y de fin de ciclo.

Es inimaginable cómo, a esta altura del partido, aún hay gente que sigue negando verdades categóricas como el cambio climático y el escenario en puerta de cataclismos de toda clase. Comentan, muy sueltos de cuerpo, que en verdad esto es algo cíclico: así como la temperatura sube, algún día bajará. “Esto ya sucedió en otros tiempos, muy atrás”, afirman convencidos. “Y mirá vos: acá estamos. Sobrevivimos”.

“Lo que ustedes tienen en Argentina, no es dinero”, me dijo un amigo que vive en Uruguay, “son papelitos”. Y tiene razón: podrán parecerle pesos, porque los papelitos siguen teniendo los mismos sellos, los mismos dibujos, las mismas cifras, pero ya no lo son. Hace tiempo que no lo son.

De todos los interrogantes que dejó el paso del Potro Rodrigo por este mundo, ahora avivados por el estreno de su película, sin dudas el de su final sigue siendo el más impenetrable.

Puede hacer la prueba usted mismo: deténgase un momento a ver el noticiero de Telefé y lo verá. Allí está Nicolás Repetto, uno de los conductores que más Martín Fierro ganó en la historia, un tipo que supo mezclar el humor y el periodismo como pocos, un hombre que podía conquistar a Doña Rosa al hijo de Doña Rosa y al marido de Doña Rosa y sentirlo parte de su familia. Tiempo atrás, a Nico se lo veía en tevé pura sonrisa, sintiéndose como en el patio de su casa. Una semana atrás, en plena cobertura de los juegos Olímpicos juveniles en Buenos Aires, dí con el noticiero de Telefé, y observé con detenimiento a Nico, las facciones antes hacia arriba de Nico y ahora el rictus apesadumbrado y tironeado hacia abajo, como si alguien recibiera mil malas noticias a la vez, mientras conversaba con una cronista que le decía la algarabía que reinaba en el Obelisco. Y me dije, y sigo diciéndolo: Nico está triste.

Se llama el General y el hombre inventó el reggaetón, el ritmo más contagioso, febril y meneante del planeta. Concibió un puñado de hits en los ’90 que lo inmortalizaron y asociaron su nombre y sus letras a esa parte del cuerpo femenino que va de la cintura hacia abajo. “Te ves bien buena”, “Tu pum pum” y “Muévelo”, fueron su trinidad de caderas. Y ahora, en plena hora de reivindicación feminista, el General renunció a su cargo y a su podio –se hizo millonario y le llovieron seis Billboards y 32 discos de oro- para abrazar a Dios y que Dios lo abrace a él. “El reggaetón es música de Satanás”, dijo, ahora convertido en Testigo de Jehova para alarma de sus fans y sus fansas que lo entronaron rey del boliche, la noche y la mar en coche.

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