Crónicas + Desinformadas

Ahora, Emir Kusturica acaba de potenciar aún más el mito con el documental, el Pepe, que ya se ve por Netflix. Y así, la vida del uruguayo Mujica, el más romántico de los presidentes latinoamericanos, sigue su ascenso en el inconsciente popular. La gente lo quiere, las redes repiten sus frases cual máximas de Gandhi, nadie duda de que, políticos así, no abundan. Sin embargo, vaya a saber uno por qué, los que lo imitan son pocos. Y sus dichos son repetidos hasta el hartazgo, pero no hay valiente que se atreva a aplicarlos.

Cuentan que cuando volvió de India en los años ‘60, descalzo y barbudo, su padre, abogado, ejecutivo y fundador de una universidad, fue a buscarlo al aeropuerto y le rogó que se subiera rápidamente al auto para que nadie lo viera. El cambio lo había avergonzado. Pero Richard Alpert, ya no era más su hijo Richard, académico de Harvard e intelectual prometedor, ahora se hacía llamar Ram Dass y ese Ram Dass, acaba de morir una semana atrás en su casa de Hawai, a los 88 años.

La Navidad es una mentira consensuada. Hasta los niños se dan cuenta de esto, pero, por temor a que le quiten los regalos, no dicen nada. 

Las empresas le temen más que al Papa. Y sus twits meten más miedo que los de Trump. Sin dudas, la activista teen Greta Thunberg cada vez que sube un texto a las redes genera pánico escénico entre las empresas. ¿Por qué? Porque su conciencia verde, que le impide comer carne y hasta viajar en avión –para reducir el costo ambiental- tiene millones de seguidores y cada una de sus bajadas de pulgar, puertas adentro de las empresas, se viven como la hecatombe. No importa dónde Greta ponga el ojo, los CEOs tiemblan, las bolsas se sacuden, y los cimientos de este mundo, basado en guita y solamente guita, crujen. 

La tradición es vieja y simple: uno simplemente, de tan apasionado por la lectura, decide hacer oídos sordos a ese papel tan viejo y en desuso llamado la ley, y sustrae un libro de propiedad privada, en la mayoría de los casos de una librería aunque también vale para bibliotecas de amigos. El objetivo es puramente cultural y enriquecedor de intelecto: pues no hay acto más cabalmente humanístico y bien intencionado que engrosar la biblioteca propia. Si no, pregúntenle a Borges.

El episodio ocurrió en Granadero Baigorria, en Santa Fe y se hizo viral: una mujer en el campo descubrió un sapo gigante y de forma extraña. Lo retuvo, alarmada, y llamó a las autoridades. Que lo midieron, pesaron, estudiaron y concluyeron que es un sapo cururú, típico del norte, famoso por tragar grandes cantidades de insectos, pero de porte excepcionalmente grande: medía 25 centímetros y pesaba dos kilos. Le hicieron fotos y en un instante, el sapo gigante se hizo viral.

La noticia fue a parar al suplemento zonales pues, ¿a quién le interesa que hayan liberado 600 aves de cautiverio en el Parque Pereyra Iraola, en Berazategui? No importa si, aquella suelta se anunciaba como la más grande de la historia local: a nadie le importaba. 

Si algo nos trajo de correlato imprimir billetes con figuras de animales fue que, al parecer, se devalúan más rápido que aquellos con rostros humanos. Por lo visto, ni siquiera un yaguareté mete miedo y, más temprano que tarde, cae en el mercado igual que un cachorro.

Ya está todo previsto: en mayo viene Kiss, la legendaria banda de metal y pintura felina, a despedirse. Para sumarle seriedad a la despedida, la bautizaron: “End of the road. The final tour ever”. No es la primera banda que gira para decir adiós y tampoco parece ser la última. Un año atrás, Elton John anunció que saldría de tour de despedida. “A partir de ahora”, dijo, “quiero dedicarme a mis hijos.”

A pesar de que el 70% de la agricultura mundial depende de ellas, les damos poca bola. De hecho, en los últimos años, barrimos a nueve de cada diez abejas del planeta. Las matamos, indirectamente con pesticidas, les quitamos flores, intoxicamos su atmósfera de todos los modos posibles. Sin ir más lejos, dos meses atrás, en Brasil murieron 500 millones de abejas en un abrir y cerrar de ojos: 48 horas. La razón: el uso de un pesticida prohibido por la Unión Europea, y aún así empleado en el país vecino. En la Argentina no nos quedamos atrás: cada año, se pierde el 34% de colmenas.