Aquellos que leen los significados ocultos en los hechos cotidianos, son los primeros en señalar que la pérdida del olfato, uno de los síntomas distintivos del covid, es sinónimo de algo más. Pero, ¿de qué?

Es cierto que, en el ser humano, el olfato no tiene mucha injerencia que digamos. Apenas usamos el olfato en el rubro perfumería, vinos y gastronomía. Pero, en apariencia, no tomamos decisiones de matrimonio, inversiones, o viajes basados en apreciaciones olfativas. 

De los cinco sentidos, vamos a decirlo así: el olfato es el más bullygneado. Allá, al tope del ranking está la indiscutible visión –hoy más que nunca-, luego, la audición, un poco más rezagado el sabor y el tacto. Pero del olfato, ni noticias. 

Parece entonces que, para los portadores de covid, perder el olfato es poca cosa, el equivalente a que te quiten el apéndice o pierdas los guantes. Sin embargo, desplazar el olfato tiene daños colaterales impensados. Para empezar, todo aquel que vio suspendido su capacidad olfativa un tiempo, descubrió que, acompañado con el olfato, viene de la mano otra percepción: el gusto. No más olfato, no más saboreo. Los tallarines de la nona, pierden su hechizo. La milanesa napolitana parece cartón pintado. Y así. 

Es interesante pues, de todos los sentidos, en las tradiciones espirituales, el olfato es de los cinco sentidos el único que no puede pecar. No existen los pecados de la nariz. Aún así, el olfato siempre estuvo conectado, en otro plano, a la capacidad de discernir. El famoso olfato periodístico. “Esto huele a pescado podrido”, se dice cuando hay algo que, se juzga, adulterado. 

Perder esa antena –que, por otro lado, para muchos animales es vital para sobrevivir y alimentarse-, es perder el Norte. Y perder el norte implica también perder el saboreo de la vida. Sin saber donde uno pisa, sin distinguir bien del mal, negro de blanco, todo tiene el mismo sabor a sopa fría. Marchamos en círculos, un rodeo hacia ninguna parte, a oscuras, a tientas. Y, covid mediante, con el paladar eclipsado por un virus que viene a enseñarnos que, sin brújula, este mundo tiene sabor a nada.