No sólo de encierro y hastío se alimenta la pandemia, además, sutilmente, por bajo la alfombra, se mete con algo mucho más profundo: nos devalúa. Y no se trata aquí de la devaluación obvia del peso, visible, palpable y fácil de comprobar. La devaluación más brava sucede en todo lo que nos rodea. El mundo, en tren de no perder vigencia, se empequeñece, se rebaja, se diluye.

Días atrás, fui a comprar un alfajor artesanal que me gusta mucho, cubierto en chocolate, relleno dulce de leche y rociado con Oreos: un placer de gordito. Siempre compro cuatro para stockearme. Ahora bien, cuando llegue a casa y quité el primer alfajor de la bolsa me entró una duda: “¿Pero este alfajor es un poco más chico del que compré la semana pasada?” Era mismo alfajor, mismo aspecto, pero ligeramente más pequeño. “Lo deben hacer así para no encarecerlo”, me explicó mi señora. Y ella también lo comprobó por su lado: la stevia que suele encargar, dijo ella, ya no endulza lo mismo que meses atrás. “Se ve que la diluyen”, concluyó. “No encuentro otra explicación”. Si le ponía media cucharadita para el agua del termo, ahora debía poner una. 

Tal vez todo tenga menos sabor que antes. Tal vez, el mundo es, cual mi alfajor, más pequeño. Más poca cosa. El dulce ya no endulza con su dulzor. Ni la sal sala con su saladismo. Imagino que los surfers en Hawai notarán lo mismo: “Pero las olas ya no vienen como antes”, dirán. Las playas recortadas. El cucurucho empequeñecido. El sol con baja de tensión. Las series duran menos. Las películas tienen dos o tres crímenes y persecuciones menos. El café doble de ahora es como el pocillo de antes. Y los textos de esta columna, sin dudas, antes eran más sólidos y no tan poca cosa. No me eche la culpa a mí. Ya sabe: así está el mundo.