Habrá gente –la gran mayoría digamos- que ha insultado a este año que se va. No le perdonan hacer estragos con el planeta. Ponerlo patas para arriba por un simple bichito tan pequeño que no lo podrías ni aplastar con el pie. No le perdonan a este año llevarse al Diego. Los planes de viajes de millones de personas. El barrido sin concesiones de abuelos y seres queridos. El derrumbe de economías. Países pobres más pobres. Puedo entender la bronca. Es comprensible.

Pero, por otra parte, todo invierno tiene su cuota de beneficios, por más que la primavera se lleve siempre todas las loas del marketing y el color. 

El invierno siempre busca abajo, cultiva la raíz, fortalece aquello que no se ve. Y si algo logró este año arrasado por el viento de la pandemia, fue justamente llevarlo todo hacia adentro, puertas adentro, corazón adentro. Aquel que quiso salir de remerita en el temporal, como si nada sucediera, se lo llevaron puesto. Pero aquellos que entendieron las reglas del juego, saldrán de esta pandemia, mejores de lo que entraron. Más sabios. Más fuertes. Más empáticos.

Todo padre lo sabe: el niño aprende más con los no, que con los sí. Todo juego empieza cuando se marca el terreno. Y la pandemia, bichito mediante, nos mostró un año que fue un ensayo de muerte en vida, de invierno de 365 días, de reglas del juego que maneja otro. Y para los rebeldes, para los amantes del veranito eterno, para los que siempre buscaron hacerlo “a su manera”, agarrate catalina. A esos se les vino el piano encima.

Por eso, insisto: no se la agarren con el 2020. No hagan viral la noticia de que fue un año para olvidar y ahogar su pena en alcohol. No señor, no señora. El 2020, fue el año en donde la humanidad aprendió algo amargo pero necesario: la madurez. Y tal vez, en el futuro, le estemos agradecidos por darnos de probar un remedio que, dijeron muchos, parecía puro veneno.