Tal como vienen las cosas, es de suponer que la esperanza del hombre esté lejos de este planeta. Nada para alarmarse. Al menos, no nosotros. Tal vez nuestros hijos. Seguramente, nuestros nietos. Ya hay robots que convierten el dióxido de carbono marciano en oxígeno y esto es una señal de augurio. De acuerdo al pronóstico de los científicos, primero habrá exploraciones varias. Luego, primeros colonizadores –burbujas tímidas con profesionales-. Entonces llegarán las primeras familias. Y más tarde, las primeras mascotas.

Las burbujas se transformarán en casas de roca –pues construir en madera en Marte debe salir un dineral-. A uno se le ocurrirá pavimentar las calles porque, ¡qué cantidad de pozos que hay en Marte! El mundo celebrará la apertura del primer supermercado en Marte. Y de ahí, la humanidad llegará al planeta como quien se toma un Uber. Por esa época, semana más semanas menos, ocurrirá el primer choreo, luego el primer crimen, la primera estafa. Y los primeros científicos copados y esperanzados de los inicios serán remplazados por líderes que meten miedo y mano dura. Habrá, por qué no, primera protesta. Reclamos por la mala vida en Marte y la falta de protección del gobierno marciano en cuanto a la lluvia de asteroides. Habrá humo. Habrá ruido. Habrá una disparada de la población. Y un desequilibrio planetario en ese mundo que otra vez nos dio cobijo para que le demos sin más un pisotón.

Y así es cómo, una vez instalado el bochinche, los robos, y el descalabro permanente en suelo marciano, el hombre, al fin, se sentirá como en su hogar.