Hemos visto estos días como el augurio tremebundo de que la humanidad puede extinguirse producto de su propia idiotez, cuando el cohete chino volvió a casa en lugar de flotar, por siempre, en la noche eterna del espacio. A Dios gracias, cayó en el océano Índico pero bien podría haber caído en la mismísima Bombonera.

A nuestra propia amenaza interna, hay ahora que sumarle nuestra propia amenaza vertida al infinito y más allá, que a pesar de que es un espacio inexpugnablemente amplio, tiene una tendencia al búmeran –o, en fin, al tenis- para devolver a su origen todo aquello que no le sirve.

El cohete chino no es la primera basura espacial que nos cae de vuelta. Ya ha habido satélites, y más cohetes de todas las banderitas. Y aún así, hemos tenido suerte. 

Vaya uno a saber, tal vez la extinción de los dinosaurios haya sido a causa de basura espacial de otro planeta, que arrojó una nave nodriza inservible y vino a estrellarse aquí, generando volcanes, fuegos y una hecatombe a la Hollywood. 

O, quizás también, en un futuro no tan lejano lleguen los esperados alienígenas a visitarnos. Y no lo hagan en son de paz. Lo hagan en son de queja por la cantidad de chatarra que arrojamos al medio ambiente de la vía láctea. Pues, tarde o temprano, algún planeta recibirá esa basura. Quizás, en un escenario posible, debamos el día de mañana, en pos de formar parte de la hermandad galáctica, una suerte de impuesto de alumbrado, barrido y limpieza espacial. Pues alguien tiene que hacer el trabajo de aspirar todos esos metales chamuscados y flotantes, y además, con lo caro que está al luz, el encendido de estrellas últimamente a la hermandad galáctica le está costando un platal. Si queremos formar parte, nos advertirán, habrá que poner guita. Tal vez, quién sabe, acepten a cambio mercaderías. Podemos tener diez años de luz y limpieza espacial gratis, a cambio de darle a Messi para algún club en Alpha Centauris. No está mal. Es cuestión de sentarse y negociar.

Proponemos no sólo una vida limpia y ecológica en la tierra. También una vida limpia y ecológica allá en el espacio. Donde los cohetes, y naves y satélites, primero se oxiden y luego se transformen en humus. Donde los astronautas o los colonos espaciales, encuentren formas revolucionarias, para básicamente, comer de su propia mierda. Los muertos se transformen, por obra y magia de la biotecnología, en laptops y celus inteligentes. Y así, la hermandad galáctica concluya en que, tal vez, muy tal vez, no seamos tan salvajes como ellos pensaban.