Cada dos por tres, salta en los diarios y en los noticieros una noticia de alguien que consiguió el milagro epopéyico de rajarse. Gente que de la noche a la mañana arma bolsos, y parte, con perrito y todo a ponerse un chiringuito en no sé dónde. El otro día, sin ir más lejos fue motivo de nota el flaco que googleó Estonia y a las semanas estaba allá, conseguía trabajo y nueva vida.

No importa dónde, ni como ni quién, lo importante es irse. Partir lejos. A alguna parte. Trazar un arco de millas aéreas que nos saquen del pozo. Como sea. Y rápido. Gente que consigue dar vuelta de página y dice que ahora puede vivir sin esa sensación aplastante de que bien puede recibir uno, al finalizar el día un tiro en la cabeza. O que se estrole su colectivo. O que, en fin, algo tremebundo le suceda en la carambola macabra que se ha transformado vivir en la gran ciudad. 

Rajarse es la última esperanza de la humanidad. Pero rajarse bien rajado: solo, con lo puesto. Pues así, se cree, uno se desprende de todas las cáscaras, las relaciones tóxicas, las mascotas esclavizantes, las rutinas buenas para nada, el surco nuestro de cada día que llamamos vida. Eso sí es irse, nos decimos. Irse allá donde nadie nos conozca. Donde nadie sepa del Linkedin espantoso de nuestro pasado. Ah, irse de cara al mar, que todo lava y todo perdona. 

Los pocos que lo logran, a pesar del asombro del cambio de escenario, a pesar de lo chochos que salen en las notas, a pesar de que dejan la bici sin candado, y el vecino no escucha cumbia villera a todo trapo, hay algo que no dicen: podrás escapar a nuevos paisajes. A nuevos horizontes. A nuevos actores en tu vida. Pero el protagonista, el mequetrefe insalvable e insoportable seguirás siendo vos.