Así como exportamos los argentinos científicos, cine, materia gris en fin, y productos típicos como la carne, el Malbec o el limón, también hemos hecho for export otras cosas no tan santas, ni prestigiosas, ni que entran en las estadísticas de exportaciones más medibles y oficiales.

Por ejemplo, exportamos a tres de las cien especies exóticas más dañinas del planeta, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Y esas tres son hormigas: la hormiga argentina (Linepithema humile), la hormiga de fuego roja (Solenopsis invicta), y pequeña hormiga de fuego (Wasmannia auropunctata). No se sabe si en barco en avión o cómo, pero nuestros bichos se las ingeniaron para cruzar el océano y conquistar Europa. Formaron colonias, familias numerosas, y arrasaron con vegetación autóctona, y otros deliciosos desastres. Lo que no pudieron hacer es, pese al éxito, mandar dinero para aquellas hormigas que quedaron en su país de origen, desfavorecidas por la devaluación.

Cómo un bicho se vuelve plaga, es algo muy llamativo. Puede ser incluso hasta un acto de misericordia humana, colocar a un bicho traído de no sé donde y devolverlo a supuestamente su hábitat natural. Donde, fuera de cautiverio, puede ocasionar desastres y multiplicarse cual brote del dengue. Puede un bicho viajar de polizón en un barco. O confundirse con material de construcción y llegar a lo más alto de un rascacielos. Los bichos son muy astutos.

Hay anfibios que cruzan continentes. Peces –como el pez león- que se tragan a las especies autóctonas como si fueran snack. O el castor que, con sus diques, dispara todo tipo de despelotes naturales –en nuestro país la armada trajo los primeros al sur para que sus habitantes pudieran beneficiarse de su piel y ahora tienen jaqueada su flora y fauna-.

Una vez me tocó cubrir una nota en el Palmar de Colón. Por primera vez en la historia, habían habilitado el paso y la actividad de cazadores furtivos. El motivo: la plaga de jabalíes depredaba la renovación de nuevos palmares y el área estaba en peligro de perder aceleradamente su flora que tanta popularidad le había dado. Pero claro: los jabalíes no eran de la zona. Por eso, no tenían predadores y podían ir a pata suelta comiendo cuanto bicho encontraran y sobándose hasta romper los nuevos palmitos. La idea de traer jabalíes fue de los primeros quinteros que llegaban de Europa y se traían jabalíes de allá para jugar a la cacería. Y ahí tiene las consecuencias.

El ser humano es, para qué negarlo, una plaga. Y además, en su insatisfacción incontrolable por quererlo todo aquí y ahora, genera otras plagas por efecto automático de su ciega tontera. Y así estamos, ganará al fin de los tiempos, la plaga más plaga de todas. Aquella que pueda barrer con el resto, ama y soberana de este planeta. Saldrá victoriosa aquella plaga potente, e inteligente, que se expandirá y expandirá sin que nada la detenga.

Ahora bien, ¿quién conquistará los mares y tierras de este mundo? ¿Cuál será la plaga que, así como los dinosaurios fueron reyes durante milenios, y luego el ser humano, ocupen el rol de mandamás del planeta? No lo sabemos. Nadie lo sabe. Aunque seguramente, mientras usted lea esta nota y yo termine de escribirla, un bicho desmedido y ambicioso, en este preciso momento subterráneamente, silenciosamente planea su siguiente golpe para quedarse cuando menos lo esperemos, con el mundo entero.