Esta tendencia a etiquetarlo todo en pos de prevenir nuestros vicios y consumos tóxicos, quizás en poco tiempo llegue demasiado lejos. Y, lo que es aún más alarmante, ya no haya vuelta atrás. 

Primero sucedió tiempo atrás con el cine, donde las películas moralmente previsoras, restringían el rango etario para salvar a nuestros hijos de escenas de alto contenido erótico, o de sucesos de alto voltaje sanguinolento o lenguaje obsceno, y otras delicias del cine moderno. Luego, esas mismas etiquetas penetraron la industria tabacalera y nos alertaron de todas las truculencias que suponía fumar pucho largo y parejo a lo largo de toda una vida. Y las imágenes de los atados de cigarrillos, hoy en día, de tanto realismo brutal, parecen tomadas de escenas de Stephen King. Esto no quita la valentía corajuda de la gente que sigue invirtiendo en pucho y jugándose el pellejo ante la amenaza del etiquetado noir.

En lugar de quedarse en paz tras tantos logros obtenidos, las etiquetas llegaron hace poco a la industria alimenticia. Y así fue cómo descubrimos que todos esos productos que, se suponía eran buenos para nosotros, y nos aportaban nutrientes y la mar en coche, y sobre todo esos cereales y yogures que, nos anunciaban, eran tan copados para el crecimiento de nuestros hijos, y sus memorias, y su inteligencia en estado semilla, resultó que era más veneno que combo vitamínico.

Un problemón descubrir que las góndolas antes inocentes y beneficiosas, pasaban de la noche a la mañana a estar regadas de etiquetas negras que amenazan nuestra salud y la continuidad del ser humano como especie en este planeta. Y que aquellas grandes empresas que uno asociaba a nuestro bienestar nutricional, en un abrir y cerrar de ojos, se volvían el demonio en potencia. Pero así son las cosas.

-Yo no le doy a mi hijo nada que tenga cuatro etiquetas –me contó, días atrás una mamá alarmada y previsora-. Tres máximo.

Entonces, chequeamos en casa los paquetes de las galletitas que alimentan a diario a mi hija y descubrimos con pavor que todas ellas tenían cuatro etiquetas que, por poco, iban ilustradas con un cráneo de esqueleto y huesos a los costados: eran veneno puro. Y toda esa mentira y fábula markertinera, de las bondades del poder del calcio y la lechita mañanera, eran todos embustes para inmiscuirse en nuestras casas con más y más etiquetas negras que sólo traen problemas, y gorduras y, por supuesto, gases que tanto impactan en el efecto invernadero y hacer el agujero de ozono cada vez más agujereado.

Habría, creemos, que extender el etiquetado negro incluso a la sociedad toda, para así evitarnos el problema y la pérdida de tiempo de lidiar con personas que merecen cuatro y más etiquetas negras. Y así en un futuro no tan lejano podramos decir:

-Yo sólo me vinculo con gente de no más de dos etiquetas negras.

Y eso nos traería, sin dudas, muchos beneficios y poco despilfarro energético de nuestras buenas intenciones con vínculos al divino botón más negro que el negro petróleo. Y sobre todo, con relaciones con excesos de etiquetas que ponen en peligro nuestra inocencia, nuestra pureza, y nuestros altísimos valores morales.