
El mundo estará cada vez más tecnologizado, conectado, con ganas de conquistar Marte y qué se yo cuántas cosas más, sin embargo, no puede evitar caer en ese irresistible obstáculo llamado guerra. No hay chat gpt ni IA, ni ola peace and love que neutralice el profundo sentido humano de, cada dos por tres, ponerse a bombardear a alguien.
La guerra es parte de nuestro código genético. Y no importa lo muy evolucionado que nos sintamos o la cantidad de tratados de paz que se firmen con bombos y platillos, siempre habrá alguien, un presidente, un dictadorzuelo dispuesto a bajar el pulgar y encender una hoguera de misiles.
Pero, claro, es entonces que uno se pregunta: ¿provocamos guerra los seres humanos porque somos jodidos? ¿Decimos y posteamos a los cuatro vientos mensajes de paz pero llegado el momento ante el primer chispazo diplomático, pateamos el tablero y decretamos lluvia de bombas? ¿O no será que estas cosas simplemente avalan el negocio siempre millonario y creciente de la guerra? Un negocio que, por supuesto, necesita de un mercado sediento de armas para poder seguir evolucionando en técnicas más eficaces para matar.
Como suele suceder a la lanzada de misiles, la acompaña otra lanzada de misiles en respuesta pero en sentido contrario. Y es así cómo un primer ataque de Israel contra Irán, lo acompañó un ataque de envergadura similar pero a contramano. Y luego otro reciente desde EE.UU. y así. Ya hay quienes auguran la larga noche de una tercera guerra mundial. Dios no lo quiera. Ese episodio desgarrador de la humanidad –ya hubo dos-, donde muchos países deciden presionar botones y participar en el juego de la muerte. Luego, los medios se escandalizan con cifras de víctimas devastadoras que no les entran ni en los títulos. El Papa de turno llama a la paz en varios idiomas y todos dicen que tiene razón pero no hacen caso. Y el mundo, tecnologizado, vegano, que come comida orgánica para no dañar el mundo con pesticidas, y recoge las bolsitas de residuo de la playa y se siente que salva el planeta, ese mismo mundo reactiva su pasión visceral por guerrear. Una temporada baja para la humanidad. Y una temporada altísima para los fabricantes de armas. Que celebran con champán mientras allá afuera mucha gente con vidas increíblemente interesantes se convierte en fertilizante para la tierra.


