Ya no basta con hackear una computadora, el sistema de seguridad de un banco, o por qué no, la mismísima Casa Blanca. Ahora, van por más: y lo que se propone un puñado de nuevos terapeutas es el llamado “biohacking”. 

Y despreocúpese: no vendrá nadie a robarle su memoria, sus recuerdos más queridos, el nombre y cumpleaños de sus hijos, ni la clave de su home banking –aunque vaya uno a saber-. Esta gente, estos terapeutas juran y juran que el biohacking sólo viene en son de paz. Y lo que quiere es que vivamos mejor y sobre todo, que vivamos más. 

¿Cómo lo logran? Bueno, emplea, según ellos un puñado de herramientas tecnológicas, gadgets, hackers, trackers, y cosas que suenan así de pro. Pero básicamente lo que buscan lograr es que uno coma mejor, duerma mejor, y por lo tanto, dure más. Es decir, viva más. 

Es decir, se meten en la cabeza para destrabar hábitos nocivos, y convertir el círculo vicioso en círculo virtuoso y otras cosas por el estilo.

Estos biohackers aparecen en cuanta convención haya sobre el futuro. Se cuelan en los programas donde cada dos por tres invitan a expertos para dar seriedad a las cosas. Y asesoran a millonarios, a presidentes, a reyes y toda la gente que, básicamente, quiere vivir más y tiene con qué pagarlo.

Pero lo más interesante es que, las propuestas matrices de los biohackers es hacer lo que nuestros ancestros ya venían haciendo hace tiempo. Es decir, tomar sol. Pasar frío –no tanto, obvio-. Caminar. Respirar al aire libre. Y básicamente pisar el pasto. Hábitos 100% libres y gratuitos.  

Los biohackers dicen que así optimizamos nuestra biología. Somos más felices. Y, en fin, viviremos muchísimo más. Siempre y cuando tome los recaudos de que no lo arrolle un colectivo a la vuelta de la esquina. Una posibilidad que aún los biohackers ni el chat gpt pueden predecir.