
No queremos ser agoreros ni piantavotos. No queremos ser pájaros de mal agüero. Ni frustrar las esperanzas. Pero habrá visto en los periódicos, habrá escuchado en los noticieros –o no escuchado en absoluto- pero resulta que la promesa de Colapinto, ese ídolo prematuro al que ya habíamos levantado calles y monumentos, no está gozando aún de su momento de gloria. Despistes, problemitas técnicos, mala suerte, y vaya a saber cuánta presión a cuestas. Pero el asunto es que Colapinto no la pega. No acierta. No arranca. No acelera como nos gustaría. Y, en definitiva, no triunfa. Y a los argentinos, que tanto nos cuesta construir nuevo ídolo, se le está cayendo el corredor que, ya se palpitaba, era la encarnación viva del gran Fangio. Y más.
Entonces es que uno se pregunta: ¿no será que, quizás, sin ánimos de ofender, Colapinto no era tan crack como pensábamos? No está mal, todos nacemos con nuestras falencias, nuestro lado flaco, nuestra rueda pinchada. Todos somos ni fu ni fa: el relleno de la vida. Todos tenemos días buenos y días no tan buenos. Padecemos la presión, el estrés y otras delicias de la vida moderna.
Tal vez, en ese orden de cosas es que uno piensa: ¿no será que, tal vez, nos apuramos en coronar al joven Colapinto? ¿Lo hemos puesto en las portadas y lo embanderamos antes de tiempo?
Todo el mundo sabe lo definitorio que es en cocina, sacar un plato antes de que le llegue a su debida cocción. Y con los ídolos probablemente suceda la misma cosa: en ese afán por tener nuevo ídolo en puerta, por respirar un aire nuevo y esperanzador, quizás sacamos a Colapinto aún crudo del horno. Habrá que seguir buscando nuevos referentes deportivos en otros campos, quizás el golf, quizás el burako. Y de todo esto aprender una lección de oro: para lograr el punto justo de cocción del ídolo, hay que saber esperar.


