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Estos días llegaron noticias de los medios del corazón de que Pamela Anderson estaba en pareja con el actor Liam Neeson. Incluso había fotos donde se los veía más abrazados de la cuenta.

Pero eso no era todo y tal vez no era lo más importante. Lo interesante aquí era la decisión de Pamela, bomba sexy de los ’90, en dejar a los 57 años el maquillaje. Y mostrarse así como quien no quiere la cosa, sin aditivos.

Algunos dicen que la decisión llegó una vez que murió su maquilladora de toda la vida. Pero el detalle no es lo central aquí. 

Lo importante es su actualidad: sonriente, franca y curtida, claro, por la vida. Con arrugas, caída del pelo. Algunos tics. El viento de la edad que todo lo azota. 

Es decir: una mujer de 57. Una vida vivida como quien exprime una naranja.

Y claro, uno al principio piensa y compara: Pamela ya no es la bomba rubia de los ’90 que atajaba personas al borde del ahogo en Baywatch. No es la chica infartante de quien se filtraban videos prohibidos aún en tiempos donde las redes no existían. No es la chica más googleada y demás. No es la nueva Marilyn. 

No, es una señora. Es una adulta que ha decidido dar un paso fuera de las cámaras, de la ficción y del ideal de sex symbol. Y mostrar una tendencia nueva y copada: la belleza verdadera. Así sin photoshop, ni cremitas, ni bronceado artificial. Ni tinturas. Ni bisturí. 

No hacer nada más que acompañar el paso del tiempo de la mejor forma. 

Hay algo de nosotros que aspira a ver y tener una eterna primavera, una eterna juventud. Y eso, como verá, nunca sucede. Y cuando sucede siempre es impostado: mujeres ya adultas como Pamela, ajustadas en quirófanos, tirantes y artificiales. Desde lejos uno verá juventud, pero ni bien se acerca descubre que algo no anda bien en ese cuerpo. Los rasgos no se pliegan donde deberían plegarse. La sonrisa no sube donde debería subir. 

No está mal envejecer. No está mal ver cómo la belleza sigue el paso del tiempo en toda su desnudez otoñal. 

Hay una sensación reconfortante al saber que esto es lo que es: una mujer de 57 años. Transitada. Traspasada por la vida y la fama. Que decidió poner el pecho al tiempo y simplemente flotar y dejarse llevar por el mar.