
A decir verdad, no importa lo evolucionado que esté el mundo. No importa el chat gpt. No importa la medicina cuántica. Si colonizamos Marte y vaya a saber cuántas pelotas más orbitando en el cielo. No importa si logramos implantarnos y sobrevivir en robots. Nada de eso importa en la escala evolutiva pues el ser humano siempre pero siempre –lo ha hecho, lo hace, y seguirá- aplicando ese acto tan vil pero tan natural de la coima.
Yo coimeo. Tú coimeas. Ellos coimean. Todos coimeamos. La coima se ha extendido tanto que ya no es novedad que cada tanto, no importa la gestión, vuelva a aparecer en los titulares. La tenemos tan incorporada que, en realidad, ya parece impercetible al ojo humano. Somos miopes de la coima.
¿Qué le hace una coima más al tigre? Enroscado, enquistado, mimetizado en nuestra conducta, en nuestro lenguaje, ya a nadie sorprende que se diga: “Me quedo con un 10, y a ella le doy un 5”. “O 20 para mí, y 15 para los pibes”.
El derrotero de la coima es como un desvío de energía –de dinero, en fin- pero que siempre provoca que el objetivo llegue a medias. La meta se entibio. Por así decirlo, carente de fondos suficientes. Y las promesas nunca se terminan de completar.
Esa pérdida, ese agujero en el bote, esa fuga de combustible es lo que, en definitiva, hace que el país esté siempre como está: de capa caída, a media máquina, echando humo y agua por los orificios.
La cultura de la coima atraviesa todos los ámbitos sociales, profesionales, culturales. Antes se llamaba meter la mano en la lata. Pero ahora el que la mete acto seguido, siguiendo un mandato cultural irrevocable, la debe repartir.
Y así sucede que ya no hay delincuentes aislados –pues vamos, coimear es un delito-, son una banda, una agrupación. O, por qué no, una ONG dedicada a mantener viva la coima, sea como sea.
Aún en tiempos de cámaras, de triangulaciones de cuentas, de datos biométricos y la mar en coche, la coima sigue ahí. Presente. Latente. Metida en el código genético del argentino. Que quiere la salvación de él y de todos los suyos. Claro, con una pequeña ayudita de sus amigos. A quien religiosamente, deberá endulzar con su justa repartija.


