
Todo en este mundo se compra y se vende. Bueno, no sólo en este mundo. Gracias a la ocurrencia de un intrépido emprendedor –o vendedor de humo- llamado Dennis Hope, supimos que hasta la Luna podía venderse. Así es. En los ’80, a Dennis, que andaba de capa caída financiera, se le vino la idea de apropiarse de la Luna en y desde entonces vendió parcelas a lo pavote.
Aprovechando un vacío legal en el Tratado del Espacio de la ONU –pues quién iba a pensar en lotear la Luna- se adueñó de todo y, papeles en mano, salió a vender terrenitos lunares al mejor postor. “Compre antes de que la Luna sea la nueva sucursal de la tierra”, parecía anunciar.
La odisea de Dennis Hoy sigue vigente. Diríamos más vigente que nunca. Y en tiempos donde el planeta Tierra ya está pasado de moda, es cuestión de mirar hacia allá arriba y hacer cuentas: tantos planetas vírgenes –o al menos eso parecen- sin lotear, a la espera de pillos que decidan por esos giros de la legalidad que esas esferas en el espacio les pertenecen. Y aún sin plantar bandera y ni siquiera edificar un solo ladrillo. Antes de que lo reclamen alienígenas y haya un embrollo legal.
No sé usted, pero ya estoy pensando en declararme dueño de Venus y Plutón, pues Marte, por lo visto, ya tiene varios candidatos millonarios que la tienen entre ceja y ceja. Y tal vez, planeando más a largo plazo, puedo reclamar señorío en alguna constelación que, con viento a favor, sea conocida por mis tataranietos y puedan todos ellos reclamar sus propiedades, siempre y cuando conserven el papelito que así lo señala plastificado y medianamente legible.
Pues, como podrá imaginar, todo se compra y todo se vende en este mundo y en el más allá. Sólo hace falta una mezcla de oportunidad, destreza y un vacío legal grande como una casa.
imagen creada con IA Mistral


