
Cada dos por tres los titulares arremeten con noticias rojo tragedia contando la nueva desgracia del alpinista o andinista –depende- que no ha vivido para contar la aventura. Allá tiene la noticia reciente del ruso de 55 años que perdió la vida trepando el Aconcagua.
No importa si sucedió en los Andes, en los Alpes, en los Himalayas. La historia es siempre la misma: un arriesgado hombre o mujer –eso es lo de menos- decide que quiere sumar algo de reto y adrenalina en su vida, y se propone subir la cuesta con fines heroicos o más triviales de sacarse selfie y mandarse la parte en las redes.
Claro, en la mayoría de los casos –por suerte para ellos- la operación triunfa y ellos regresan con su hazaña labrada en bronce y se la pasan aburriendo a generaciones de hijos y luego nietos con el día que escalaron vaya a saber qué cosa en pendiente y atravesando qué peligros que, dada la distancia y la falta de documentación, es difícil de comprobar.
Ignoramos qué aires de grandeza se sienten allá arriba en la cima, lo que sabemos es que, a la luz de los hechos, y las noticias frecuentes, no vale la pena arriesgarse el pellejo por una travesía que, tras su consecución, sólo queda bajar y volver a casa. Pues, ¿qué es una cima sino, simplemente una pausa entre una subida y una bajada? Si se lo piensa un poco, se comprobará que no hay meta más fugaz que esa. Por otra parte, el lema de la vida indica que hay que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Pero en ninguna parte se menciona que, para vivir una vida bien vivida, haya que escalar nada en sentido vertical. No sé a quién se le ocurrió la idea –y dicho sea de paso, están también los chiflados que suman a la lista arrojarse de paracaídas-.
Dios mío: sentirse vivo, heroico y que uno ha cumplido con su meta en esta vida no tiene que ver con actos de arrojo, ni heroísmo al divino botón que lo ponen a uno a un paso de titular de Crónica TV. Tiene que ver en todo caso, con el acto más valiente de todos: llevar una familia adelante, criar hijo más o menos potables, ser ciudadano decente, buen siervo de Dios, y sobre todo, en este mundo patas para arriba, caminar contra toda lógica y pronóstico, recto y con los pies en la tierra.


