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Llega el verano –a veces incluso antes- y las noticias se ponen rojo fuego. Que un bosque arde aquí, que una población arde allá. Que las llamas avanzan sin control. Que los bomberos, a pesar de su valentía, nunca pueden dominar el desastre. Pasan los años y no importa el deseo que uno pida al cierre del calendario, o que el número de año suene más redondo y esperanzador que otros, nada de eso interesa: las cosas se encienden y detonan de igual forma.

¿Por qué se prende tanto fuego ahora y no tiempo atrás, cuando los incendios forestales eran noticia rara y excepcional? Bueno, esa es la pregunta del millón.

Algunos dicen que es el cambio climático: la tierra se calienta, la lluvia escasea, las temperaturas se disparan y tarde o temprano, las cosas se ponen chispeantes y se desata el infierno.

Otros, más conspirativos –aunque con razones para sospechar- afirman que detrás de toda fogata a escala monumental, hay un negocio inmobiliario que se beneficia de que todo se queme. Si no, ¿cómo entender que fuegos que arrasan con todo se inicien de una fogata intencional, como sucedió ahora en los últimos incendios en Chubut? La gente que trae fósforos y bidones de nafta, ¿está loca, quiere empujar el fin del mundo, no le gustan los bosques, la gente, el planeta? ¿O simplemente, simula locura, y por lo bajo, forma parte de un perverso negocio inmobiliario que busca que la gente ya no se sienta más segura y parta a otros lugares, otras urbanizaciones donde el bosque y los espacios verdes ya no sean una amenaza?

Difícil decirlo y más difícil aún de probar y señalar culpables. El tiempo dirá, sin embargo, si en nuestros bosques, nuestros paisajes patagónicos que tanto orgullo argentino nos dieron a lo largo de la historia, se emplazarán mega emprendimientos hoteleros, mansiones de ricachones y, vaya uno a saber, hasta parques de diversión de corporaciones globales. O las cosas seguirán iguales: es decir, primero verde, después fuego, después ceniza, luego verde de nuevo. Un ciclo sin fin de descuido e idiotez, heroísmo y reconstrucción.

Las cosas arden. El grifo de la lluvia se cierra día a día. Y la humanidad en ese contexto, se va convirtiendo poco a poco, en un cerco sin escapatoria en su propio asado.