En una misma semana, para incomodidad de los periodistas literarios, se murieron dos grandes escritores: Alberto Laiseca y Andrés Rivera. Pero claro, a la elite literaria siempre le cayó mejor Laiseca, pues, así lo parecía, empujaba las barreras de la escritura, escribió una novela descomunal y desmesuradamente extensa –Los Soria- que se hizo de culto, y escucharlo era magnético –tanto que la señal Isat le puso un ciclo de narraciones de relatos de horror que fue un éxito-. Además, Laiseca hablaba sin filtros, ya era leyenda viva –hasta tuvo papeles, en homenaje, en el cine-, y, muerto Fogwill, era el estandarte que quedaba para demostrar que la literatura, es también mugre, pucho e impostura. Cómo no quererlo a Laiseca.

Y por otra parte, cómo quererlo a Rivera: que escribía poco. Hablaba poco. Y parecía tan amargo que Sabato, al lado de él, era un optimista. En esa etiqueta, cayó Andrés: elogiado –hasta ahí nomás- por la crítica. Respetado –hasta ahí nomás- por los lectores. Premiado –hasta ahí nomás- por los premiadores.

Rivera, sin embargo, era como Rulfo, lo poco que escribía valía mil veces lo mucho que escribían otros. Leer a Rivera era también leer, entre paréntesis, todo lo que él supo quitar. Hizo de la economía de palabras, recurso que el gran Antonio Di Benedetto llevó a la cima, un estilo propio. Quitó tanto que ya parecía más un haiku zen, que una novela. Y encontró en dos de sus novelas más reconocidas –La revolución es un sueño eterno y El farmer- aplicar esos silencios a la voz vieja de dos próceres en el final de sus días. Un capo.

Leo, releo –y recomiendo- El farmer cada vez que puedo. Pocos han logrado captar tan bien un monólogo interior. Allí, Rivera casi no escribe. Prácticamente tartamudea. Pocos textos de la literatura argentina, han sido, como este, tan musicales. Con una mano en el corazón: no me importa la exactitud o no, de su reconstrucción histórica de Rosas o Caseros. Me dedico a escribir y eso es lo que miro en los otros: cómo hacen lo que hacen. Y qué puedo tomar de ellos.

Y Rivera, que su nombre se llene de honor literario, era, en su escritura, personalísimo. Y a mí eso me encanta. Saber quién escribe con sólo leer una página. A eso llamo coherencia. Música propia.

Pero claro, Rivera, era medio hosco con los periodistas, tenía pocos amigos, salía cada muerte de obispo de su casa. Y tuvo la imprudencia de escribir libros cortos. Muy cortos. Y para la elite literaria local, eso siempre tiene sabor a poco. Ellos se lo pierden.