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No sé cuál será tu opinión del cine francés. Tal vez, se limite a recordar que existe un actor francés que tiene la nariz como un tubérculo, pero ni siquiera se te viene a la cabeza el nombre. O recordar aquel otro francés de rulos rubios que era muy gracioso, en la línea de Mr Bean. Pero hasta ahí llega la cosa. Nombres de películas, cero.

Bueno, no importa cuánto sepas o cuánto no sepas del cine francés. Tampoco si cargás con el estereotipo, aún sin ver nunca una peli completa, de que los franceses son medio lenteja. Es suficiente con que veas el primer episodio de “La Mantis”, un thriller policial de seis episodios que lo tiene todo. Hay maldad. Hay redención. Hay crímenes en serie. Y hay, y esto lo impregna todo, hay también familia.

El esquema de La Mantis huele a conocido, pero no te dejes engañar. Hay algo de “El silencio de los inocentes” o la más reciente “Blacklist” en el planteo: una antigua asesina en serie se ofrece ayudar a la poli desde la prisión, para capturar al criminal que emprendió una ola de asesinatos calcados de los suyos. No quiere hablar con cualquiera, sólo quiere establecer contacto con su hijo, que trabaja ya se enterará de qué.

Como las mejores series policiales, “La Mantis” te hace creer que uno, un piola bárbaro, ya dio con el asesino desde el capítulo uno, y llevarte de las narices una y otra vez hacia el error. No hay nada como una investigación que siempre va un paso delante de uno. Siempre sorprendente. Siempre reveladora. Siempre, por donde se lo mire, oscura y atroz.

La Mantis mata sin piedad, pero con espíritu de justicia. El asesino que la imita al detalle, parece que actúa sin propósito.

La poli ahora emprende una búsqueda a contrarreloj por encontrar a aquel que, como ella, se propuso exterminar a ocho tipos.

La Mantis no tiene golpes bajo. Y los personajes no son cartón pintado. Tienen profundidad, complejidad, emociones encontradas. Y mientras se acerca el final del enigma, el capítulo seis donde uno llega ansioso, las uñas comidas, meta tomar mate pegado a Netflix, la resolución no tiene la simpleza de las series yankees. No se trata de decir: fue éste. Un tiroteo. Y fin de la historia. No, señor. No, señora. El final es esclarecedor. Conmueve. Y sacude. Y, como decía Víctor Sueiro, hay luz al final del túnel. Las arañas también tienen corazón.

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