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No hay frase tan típicamente argentina como “poner huevo”. Se lo pide, no importa en qué rubro. Se lo reclama a los cuatro vientos. No interesa tanto la calidad del destinatario en cuestión, no interesa si es el presidente, el tenista local en pleno duelo de Copa Davis, o el número nueve de la selección, lo que se le pide acá es que transpire la camiseta, y que, como también nos gusta decir, que deje el alma en la cancha.  

De tanto repetir la frase, uno puede suponer que el hecho de que alguien ponga huevo en determinada situación, remonta a su origen a que la gallina da, así parece, un extra de su cuerpo cuando cada mañana, tras una contorsión y un cacareo, efectivamente pone un huevo.

O también uno puede deducir que el hecho de poner huevo evoca a ese estado de indefensión en la barrera el cual, ante el inminente pelotazo, lo que hace el jugador precavido es precisamente cubrirse esa zona sensible popularmente conocida como los huevos. Siguiendo esta lógica, poner huevos sería enfrentar la adversidad sin cubrirse, dando por entero la zona más vital y vulnerable del hombre, la cual para no ponernos repetitivos, desistimos de nombrar nuevamente aquí.

Desde hace unos ocho años, tengo en el fondo de casa stock de gallinas ponedoras que han variado desde un plantel de cuatro al más reciente de nueve ejemplares. En ese tiempo observé de cerca el comportamiento de las gallinas con fines puramente filosóficos. Adquirí ejemplares de diversas especies y colores –cuello largo, negras, coloradas, batarazas-. Y descubrí que, de todas ellas, no hay ejemplar más manso y copado que el de las gallinas coloradas. Gauchitas, las muchachas. También tuve un gallo –aún lo tengo, blanco, majestuoso, cantor, bien educado-, que les ha dado varias generaciones de pollitos pero han sucumbido en sus primeros meses de vida –el alto índice de mortalidad se debe, creo yo, a que además de gallinas, tengo un gato-.

Después de todos estos años en contacto piel a pluma con gallinas, puedo decir que recién semanas atrás descubrí la razón de ser de la frase “pongan huevo”. Tardé ocho años en llegar a esta conclusión y a raíz de un episodio, en apariencia, fortuito. Por razones de espacio, necesité pasar de un gallinero –cerrado y techado-, por otro con cerco de alambre pero, en buena parte y excepto un pequeño techo, a la intemperie. Lo que sucedió fue lo siguiente: gallinas aún jóvenes, saltaban el cerco y se metían, con impunidad avícola, en mi jardín. Al menos tres veces al día, tenía que correrlas y llevarlas nuevamente al gallinero, lo cual, a su manera, también era una inflada de eso que uno espera que ponga la gallina. Un vecino con más experiencia que tiene gallinas me dio primero la idea: “Cortales las alas”. Lo cual, para el común de los mortales, suena a un acto tremendamente atroz, pero para los poseedores de gallinas es cuestión de todos los días. Así que, allí fui: una por una, les corté las alas –no se preocupe y no me reproche nada, no les duele-. Pero, dado lo bajo de mi alambre y la fuerza de las gallinas, hete aquí que, por mucho que les cortara, ellas saltaban, sin demasiados problemas, el cerco. Y, para colmo, descubrí que, ya no tan jóvenes, habían empezado a poner huevos en donde se les cantaba el soberano copete.

Entonces, me vino una idea y fue la que, en definitiva, motivó el gran descubrimiento filosófico, la razón de ser de este texto tan sublime. Le dije a mi hijo Bahauddin: “Vamos a armarle unos lindos nidos, así ponen los huevos dentro del mismo gallinero”. Pues, hasta entonces, los nidos eran dos cajas abandonadas, deslucidas y sin encanto, que las gallinas miraban de reojo pero no se animaban a entrar. Así que, con mi hijo menor reacomodamos los nidos. Le pusimos colchón de viruta y los cerramos a ambos lados. Resultado: las gallinas empezaron a poner huevos en los nidos. Y, acto seguido, dejaron de querer escaparse. Ahora que tienen sus huevos en los nidos –porque siempre hay que dejarles uno o dos, para que se inspiren y pongan más-, ya no les quedan motivos para escapar. La razón de sus existencias ahora está allí. ¿A qué madre desalmada se le ocurriría huir del nido y dejar los huevos a la intemperie y a merced del gato? Esto es algo que trasciende toda especie animal. Así que, arreglando los nidos, resolvimos el problema de las  huidas. Y obtuvimos la moraleja de toda esta historia: si quieres que alguien ponga huevo, en lugar de cortarle las alas a la fuerza y cercenar su impulso de libertad, dale un motivo para quedarse en el gallinero. Dale una razón de ser para colocar sus esfuerzos del lado lícito del alambre. Un lugar cómodo, hogareño y lleno de viruta donde, al fin, poner huevo.

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