A medio siglo exacto del aterrizaje en la Luna, en julio de 1969 y el episodio que inauguró nuestra carrera espacial, la misión Apolo XI sigue sacando trapitos al sol. Que fue todo un embuste filmado por Stanley Kubrick. Que el alunizaje se produjo gracias a los soviéticos –enviaron una misión para comprobar que el suelo era sólido, pero ningún astronauta jugó golf allí-. Que la bandera norteamericana, ya es blanca. Que uno de los tres tripulantes luego se deprimió y se hizo alcohólico. Que los pasajeros del Apolo habían nacido en el mismo año y pesado el mismo peso: 75 kilos. Y que –esto es sabido- 600 millones de personas vieron el espectáculo en vivo. 

Pero, en medio de las notas sobre el aniversario, pocos ponen el foco en un asunto menor que descubre el intríngulis humano en su justa esencia: la disputa por quién pisaría primero la Luna. 

En toda misión espacial, el piloto normalmente es el que debe salir a explorar y el comandante queda dentro de la nave. De seguirse el protocolo, en lugar del legendario Neil Armstrong, el honor le hubiese correspondido a Buzz Aldrin. Pero en este caso, Armstrong fue el primero en salir y pisar suelo lunar. ¿Por qué sucedió así? Si hasta el propio Aldrin había pedido expresamente ser él quien pusiera un pie en la Luna y llevarse todo el crédito y el laurel  inaugural del asunto. 

Algunos dicen que se tomó esa decisión para otorgarle jerarquía al momento: dar el puntapié inicial al comandante teñía el espectáculo aún más de su justo bronce. Otros, como la NASA misma, aseguran que era simplemente porque la compuerta estaba del lado del comandante y que saliera primero Aldrin era un problema logístico, que podía traer daños colaterales. 

“Yo creo que lo hubiera hecho de manera diferente”, confesó Aldrin, resignado a ser segundo for ever and ever. Le tocó al piloto filmar a su comandante dar el discurso que haría historia –y estaría, por supuesto, ya memorizado y aprobado por la Nasa-, ese que hablaba de un pequeño paso para el hombre y el salto para la humanidad. Fueron 19 minutos de filmación. Buzz que no llevaba preparado discurso alguno contempló ese vacío negro punteado de brillo y dijo: “Hermosa vista. Esto es magníficamente desolador”. Nadie grabó. Nadie reprodujo sus palabras. El aluvión del anuncio lo tragaría por completo.

De ese viaje, además de récords de audiencia, de primacía espacial de Estados Unidos sobre Rusia –que, a pesar de llegar primero, y allanar el terreno al espacio, no pudieron llevar un hombre a la Luna hasta tiempo después-, se trajo 22 kilos de muestras lunares. El episodio lo cubrió Norman Mailer en exclusiva para la Revista Life. Y, por si las moscas, el gobierno había preparado un discurso a los héroes si todo iba mal: “El destino ha querido que los hombres que fueron a la Luna a explorar en paz”, decía allí, “se quedaran en la Luna a descansar en paz”.

Fue un paseo de dos horas donde–más allá de la famosa huella que, según dicen, quedará en la Luna por millones de años- dejaron 100 objetos para aliviar peso y poder partir de regreso. Nuestra primera basura espacial.

 

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