Un mes atrás, en una verdulería del pueblo –mi pueblo- lo vi: misma nariz chata. Mismo rostro galán. Algunas canas más, pero bien conservado. No era la verdulería más top de la ciudad –esa está frente a la plaza principal-, por eso me extrañó verlo ahí, haciendo cola, si mal no recuerdo, con su bolsita de tela. Un consumo discreto, barrial, bajo perfil. 

Tardé toda una tarde, previa chequeada en internet, hasta que descubrimos con mi señora quién era: “¿Ese no era el marido de esa modelo tan conocida?”, preguntó. ”¿No era ese deportista que se había casado con ella y fue tapa de todos los medios y luego tuvieron una separación conflictiva?” Y ese era él. Había pasado, desde luego, el fuego de la celebridad. La hoguera viva de pasar por la portada de los medios. Y luego, el drama del divorcio: la balacera cruzada, el descrédito, el rebaje, el engaño, el juicio,  y al final, ese miedo tan arraigado: el impostergable olvido. El nombre de aquel galán, hoy pueblerino como tantos otros, se precipitó de las portadas, al pirulito de tapa, de entrevista a fondo, a mención en un sueltito de página perdida. Y mientras la modelo –ahora su ex-, seguía su vuelo barrilete al estrellato, con nuevo amor, y nuevo ciclo, él, iniciaba una tocata y fuga hacia ese temido mar negro de la gente uniforme y olvidada.

Después de un tiempo, ya lo crucé varias veces al galán en la misma verdulería. Rehizo su vida. Tiene nueva esposa. Sé que trabaja en las afueras del pueblo. Veo su camioneta estacionada en la puerta. No le va mal. Y a su rostro, ya entrado en años, se lo ve, como mínimo, aliviado. Volver a ser anónimo no tiene precio.