Me sorprende leer el escaso protagonismo de algunas noticias que deberían ser titulares de portada. Asteroides que pueden impactar sobre la tierra en un tiempo escalofriantemente corto. Científicos que denuncian a laboratorios de un complot por no dar a conocer descubrimientos ante enfermedades que liquidan a medio planeta. Pronósticos de cómo va a ser el hombre y la vida en menos de medio siglo. Todo eso que debería ser de extrema importancia, en términos de espacio, se le da poca o nada de bola.

Durante 20 años, fui editor de revistas y me sumergí en la lógica de venta de un medio. Siempre se ponderó incluir, en las portadas, nombres famosos, guita, chanchullos, y el as de espada de todo medio: el sexo. Esto es algo que también se enseñan en las universidades. Se lo llama: agenda mediática. Más allá de los protagonistas y sus variantes, el asunto de toda portada siempre girará en torno a ese puñado de factores. A veces, lo que todo editor busca es que haya en juego más de un factor. Y si encuentra, agrupados en un solo tema, a todos ellos, el editor vivirá su portada soñada. La cobertura, quizás de toda su carrera. Una, por decirlo así, edición histórica. 

Será porque el ser humano se mira más el ombligo que el ombligo ajeno, más el celu que la vida real, y saca más selfies que fotos del prójimo, su interés noticioso se guía por un olfato más bien doméstico y egocéntricos: le gusta ver crecer y caer personajes como quien mira el oleaje del mar. Los ve allá arriba gozando en la cresta de la ola –dichosos, recién casados, y de luna de miel-, para luego verlos romperse y languidecer en la orilla –separados, deprimidos y traicionados- hasta que el océano vuelve a devorarlos, espuma incluida.  

Tenemos, en términos mediáticos, el mismo comportamiento que con las enfermedades. No queremos ir al médico por temor a que el chequeo nos diga que tenemos una enfermedad grave. Antes que prevenir y curar, preferimos vivir la vida ignorándolo todo, hasta que la muerte nos alcance en pleno gozo inconsciente. Con las noticias somos iguales: si un asteroide hará sucumbir la tierra en 50 años, si el deshielo arrasará con cientos de ciudades costeras, si el cambio climático y la explosión demográfica generarán guerras venideras, nada de eso interesa. Y los editores, fieles a su perfil del lector, relegan esos temas decisivos a espacios sin importancia. 

A veces, imagino cómo serán las portadas de los diarios, si un asteroide gigantesco se acerca demasiado. Si el pronóstico indica que ese mismo día impactará sobre la tierra. Tal vez, forzados por la alarma mundial, los medios se vean en la obligación de llevar el tema en portada. Pero estoy convencido de que habrá al menos un periódico, terco y tozudo, que pondrá a Boquita en tapa, o a la pelea familiar de los Caniggia o si Mirtha deja o no deja finalmente la tevé. Y tendrá seguramente más lectores que el resto.

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