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La noticia fue a parar al suplemento zonales pues, ¿a quién le interesa que hayan liberado 600 aves de cautiverio en el Parque Pereyra Iraola, en Berazategui? No importa si, aquella suelta se anunciaba como la más grande de la historia local: a nadie le importaba. 

Los pajaritos venían del tráfico ilegal y habían sido rescatados, en 19 allanamientos en la zona sur: 1500 jilgueros, cabecita negra, copetes rojo y muchos más. 

En las grandes ciudades, el tráfico de pájaros es realidad ajena, pero en los pueblos, como el mío, es cosa de todos los días. Todo el mundo conoce la forrajería donde venden pajaritos provenientes de tráfico ilegal, conocen al médico que tiene en una de sus habitaciones decenas de pájaros cautivos de todos los colores y sonidos, y el taller mecánico que tiene canaritos en jaula. Hasta mi vecina de la esquina, una señora muy amable y todo sonrisas, cada dos por tres me cuenta que atrapó un nuevo pajarito cantor con sus jaulas trampa. Es cosa de todos los días, lo más común del mundo.  Mi vecina a veces llega aún más lejos con su hobbie criminal y me elogia a tal o cual especie que, da la casualidad, han anidado en mi jardín. “¿No viste el jilguerito hembra que te canta en tu pino?”, me dice, y se frota las manos. “Dentro de poco va a dar unos pichoncitos hermosos.” No sé si me lo dice, de puro entusiasta. O si es una forma de advertirme, que, en breve, desplegará un operativo para secuestrar la cría. No le pregunto. No espío. Y trato de no pensar. 

Privar a los pájaros de su libertad para disfrutar su canto es un signo doméstico y silvestre de la ambición humana. El deseo caprichoso del quiero y tengo. Y si el otro sufre,  no interesa.

Las ramificaciones de la explotación humana son innumerables, y llegan a corporaciones, naciones enteras, minorías religiosas, segregación racial, de género. A veces, generan matanzas colectivas, caprichosas, aberrantes. El comportamiento más cruel del ser humano termina en desastres y empieza con un hecho, en apariencia, inocente y, en los pueblos como el mío, cotidiano: una señora de anteojos y sonrisa postiza, que barre todos los días su vereda, mira el cielo, y decide que lo que hay en él con alas, le pertenece. 

Jilguero

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