Cuentan que cuando volvió de India en los años ‘60, descalzo y barbudo, su padre, abogado, ejecutivo y fundador de una universidad, fue a buscarlo al aeropuerto y le rogó que se subiera rápidamente al auto para que nadie lo viera. El cambio lo había avergonzado. Pero Richard Alpert, ya no era más su hijo Richard, académico de Harvard e intelectual prometedor, ahora se hacía llamar Ram Dass y ese Ram Dass, acaba de morir una semana atrás en su casa de Hawai, a los 88 años.

Fue, sin dudas, una de las figuras claves que tendió puentes con la espiritualidad del mundo Oriental, un orador irrepetible. Escribió decenas de libros, y sólo su debut editorial “Be here now” agotó dos millones de libros. Verlo en acción era un viaje de ida. Ram Dass todo lo que tocaba lo convertía en espiritual. 

Se enlistó, militó y apoyó económicamente causas humanitarias en todo el mundo. Creó una fundación propia. Pero lo más importante es que ayudó a miles de personas a concebir su propia muerte como el punto de partida de un viaje del alma. Asistió él y su equipo a pacientes con diagnósticos irreversibles y hasta creó una línea directa para moribundos. Ayudó a su amigo Timothy Leary, el tipo que introdujo el Lsd en Harvard –tanto Leary como Alpert fueron expulsados de la universidad por esto-, a morir con plena conciencia. 

Era un loco, un apasionado, un tipo necesario. En los ’60, el gurú Maharajji en India reveló cosas de su pasado que nadie conocía, y Albert se hizo su discípulo de por vida. Dijo que sus 400 viajes de LSD no habían ni alcanzado el esplendor de sus medicaciones sin nada encima. 

A fines de los ’90, sufrió una hemorragia cerebral que lo dejó postrado en su silla de ruedas. Y hasta con dificultad para hablar. En lugar de deprimirse, transformó su experiencia en una medicación. Dijo que, desde entonces, “surfeaba el silencio”. Hay un documental en Netflix que da cuenta de cómo Ram Daas vivió sus últimos años, a pesar de su condición, agradecido, meditativo, inspirador. Porque en las buenas, todos podemos ser espirituales. Pero en los reveses de la vida, es cuando se ve quién habla en serio y quién no. Y Ram Daas lo hizo. Vivió en su ley. Se transformó en su ley. Y murió en su ley. Lo vamos a extrañar.

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