Los medios asignaron un espacio modesto, apartado y tal vez, pudoroso para anunciar la muerte de la ex legisladora y actriz Elena Cruz. Tenia 93 años. Había filmado pelis con Luis Sandrini, entre muchísimos otros. Su marido, también actor, Fernando Siro, había muerto en el 2006.

No importaba la carrera larga y pareja de ambos en el mundo del espectáculo, el inconsciente colectivo los despidió con un un episodio del 2001: el día que Elena y Siro, de pronto volcados a la política, participaron de una marcha en apoyo al ex dictador Videla. El apoyo les valió la expulsión de la Asociación de Actores, y escraches varios, uno de ellos violento que termino con Siro golpeado y cubierto con sangre.

Esa semana me tocó entrevistar a Elena para revista Noticias. Ella era legisladora en el 2003 por el partido del ex ministro Domingo Cavallo. Y hablaba sin pelos en la lengua. Al regresar a la redacción tras la entrevista –estuve en su depto, conocí el camarín que le había construido su marido para que no extrañara ese mundo-, mi editor me pasó una primicia: un pasquín de chimento en breve, iba a publicar un informe que daba cuenta de las fiestas sexuales entre Elena y Siro y amigos, en tiempos de juventud y revoleo de chancleta. “Tenés que volver a hablar con Elena”, me dijo el editor, “y preguntarle sobre esto”. 

De alguna forma, me las arreglé para regresar, al día siguiente al despacho, y lanzarle la metralla de preguntas sin dañar su orgullo ni que me partiera un cuadro en la nariz. “Es cierto”, me dijo Elena, gauchita y sincera. “Siro organizaba orgías y venían muchos amigos. Nos moríamos de risa. Como estaba todo oscuro, yo siempre buscaba a Siro por el olor”. Yo esperaba un portazo y una puteada, pero me encontré con una mujer sincera y frontal. Elena hablaba de todo, a pesar de que su agente de prensa, tímidamente le advertía que no era necesario que se metiera en ese tema. 

En aquel artículo me burlé de ella, de su desparpajo, sobre todo viniendo de alguien que defendía públicamente a Videla. Ahora que Elena acaba de morir, descubro que, vaya uno a saber, tal vez Elena era más valiosa de lo que pensé. Más valiente de lo que pensé. Más transparente que el 99% de los funcionarios. Tal vez tenía una chifladura que la hacía defender políticamente lo indefendible. Pero conservaba su amor por Siro y Siro su amor por ella. Habían explorado el amor en sus infinitas posibilidades y seguían juntos. Codo a codo –estuvieron 50 años-. Tal vez, Elena nos haya dejado una lección para aprender de todo esto. No lo sé. Nadie lo sabe. Quizás, ni ella misma lo sabía.