situs slot gacor online terbaik sampai akhir tahun ini harus tetap di mainkan kalau mau dapat cuan

Ni pomo. Ni murga. Ni fascinación por la carroza. Ni hechizo por las lentejuelas. Nada de nada. El carnaval no me gusta, nunca me gustó y cada vez que se acerca la fecha, siempre dedico unas líneas a sentar posición sobre este fenómeno que crece a velocidad imparable y que, en Latinoamérica al menos, debió circunscribirse sólo a Río de Janeiro.

Será porque, de chico, llegaba febrero y siempre estaba el riesgo de que algún perejil te arrojara, gustoso e impune, una bombita de agua que es lo más parecido a un cachetazo que te pueden dar, sumado al ridículo de la humectación a posteriori.

No importa la guita que le pongan encima, el carnaval es feo. No tiene onda alguna. Ni siquiera es un buen espectáculo para transmitir por la tele. 

La murga y su baile es ridículo y desangelado. Y las músicas todas pero todas, siempre suenan a Matador, de los Fabulosos Cadillacs. Uno no sabe qué es aquello que lo hace tan irresistible y tan contagioso. Que, cada año, una ciudad –una pobre ciudad sin nada mejor que hacer- decide apoyar oficialmente su propio carnaval. 

Creemos, como tantas otras cosas, que el carnaval simplemente oculta otra buena ocasión para beber. Un mes para ponerse del moño, total, es el espíritu carnavalero que lo atraviesa todo. La vida, se convencen muchos, es una fiesta. Y si se te pasa febrero sin haber visto una lentejuela, está más cerca del velorio que de la parranda.