La Política

El intento de expropiación de Vicentín, la salida del país de Latam, la posibilidad de última hora de entrar en default y los intentos infructuosos de la vicepresidenta de hacer caer las causas de corrupción, son parte de una carrera loca que está llevando a la Argentina al peor de los mundos: el de la crisis económica más grave de la historia, con el peligro adicional de un costoso desbande político. También se está empezando a hacer trizas la promesa de Alberto Fernández y el improvisado Frente de Todos: el de llenar la heladera de los argentinos, para venir a reparar la política económica de Macri.

Hoy, Eduardo van der Kooy, uno de los periodistas que mejor conoce al Presidente, se pregunta en la tapa de Clarin: “¿Quién manda en el gobierno, Alberto o Cristina?”. Es una pregunta pertinente, porque desde que asumió, el jefe de Estado viene haciendo y diciendo cosas contradictorias. Muy contradictorias. A veces extemporáneas. La mayoría de las veces sorprendentes. Si no fuera un asunto tan delicado, se diría que, algunas de las cosas que afirma y muchas de las cosas que hace, parecen decididas por personas distintas.

Ocupados en cómo atravesar la pandemia primero y en su propia supervivencia, al mismo tiempo, la clase dirigente no piensa en el día después, sino en cómo quedarse con la cuota de poder correspondiente. Al Presidente le quedan tres años y medio de gobierno. Como buen animal político, intentará que sean cuatro más. La Cámpora viene trabajando para la candidatura de Máximo a presidente 2023 desde hace varios años, pero la sombra de Axel Kicillof ha despertado una interna subterránea, que todavía no se terminó de expresar en la superficie.

El Presidente está estresado. Lo sé, porque cada vez lo veo más cansado, más irritado y menos tolerante. Volví a caer en la cuenta cuando leí el título de la columna de Eduardo Van der Kooy, hoy, en Clarín. Alberto Fernández, desde hace un tiempo, se empezó a enojar con mucha gente. Políticos, economistas, empresarios. Gente con la que hablaba muy seguido, y a veces él mismo llamaba, cuando estaba en el llano, y ahora descalifica de manera pública, como Alfonso Prat Gay.

Si sigue cayendo a este ritmo, cuando termine la pandemia, la imagen del presidente Alberto Fernández podría quedar muy por debajo de la que tenía antes de la cuarentena. Y la economía habrá descendido más del diez por ciento, de acuerdo a la mayoría de los economistas que hacen pronósticos anuales.

La buena decisión original de instaurar una cuarentena estricta lo puso al Presidente en el mejor momento de su vida política. Con índices de aprobación jamás soñados. La flexibilización de la cuarentena lo irá bajando, de manera paulatina, a la tierra de los mortales. Y lo que es peor: lo enfrentará con una economía destrozada. Además pondrá en evidencia las fallas de gestión que hasta ahora aparecían disimuladas o tapadas por el coronavirus.

Está claro cómo y cuándo se saldrá de la cuarentena. No será igual para todo el país. Y cada distrito tendrá sus particularidades. Pero ya se sabe que más amplia será la reapertura a medida que el distrito se acerque a una cifra pretederminada. La cifra que demuestre que el número de contagios se duplica cada 25 días. Hay una confusión sobre el dato: si bien la tasa de duplicación en todo el país ya habría llegado a 26.7 días, en áreas como la ciudad de Buenos Aires todavía no habría alcanzado los 15 días.

¿Por qué el Presidente no se rebela ante el avance de Cristina Fernández y los dirigentes de La Cámpora en el medio de la pandemia? “Porque tiene otras prioridades, como la lucha contra el virus y la salida del canje dentro de dos semanas”, me respondió alguien que lo ve todos los días.

Alberto Fernández es el presidente con más poder de toda la historia reciente de la Argentina. Gobierna por decreto, bajo una emergencia económica, financiera, social, alimentaria, de salud, educación y, como si esto fuera poco, también manda en vastos sectores de la justicia. En los próximos días puede enviar al país al default, y nadie podría evitarlo. Opina sobre todo y sobre todos.

La reunión entre el Presidente y el secretario de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla fue muy corta. Alberto Fernández le llamó la atención, le explicó que no podía cortarse solo, y menos pidiendo la prisión domiciliaria o la libertad para casos tan sensibles como el de Ricardo Jaime y Martín Báez y lo despidió. Usó el mismo método que había aplicado con el responsable de la Anses, Alejandro Vanoli, después de aquel viernes negro en el que los jubilados salieron en malón a buscar dinero a los bancos.