La Política

Durante todo el fin de semana no dejaron de preguntarnos: “¿Por qué Cristina Fernández, si es progre y de izquierda, banca a Sergio Berni, que es más de derecha que Patricia Bullrich, y encima machirulo, y una mezcla de Rambo con el Hombre del Rifle?”. La respuesta es sencilla: la vicepresidenta está pensando en las elecciones legislativas del año que viene.

El presidente le dijo ayer al Financial Times que no cree “en los planes económicos.” Hubiera sido bueno preguntarle: “¿Y en que cree?”. Al periodista del diario británico le respondió que cree en “metas que podamos establecer nosotros mismos para que la economía pueda funcionar para alcanzarlas”. ¿Pero qué significa eso exactamente? Ya bastante difícil es saber que piensa Alberto Fernández sobre cuestiones tan serias como Venezuela, el Memorándum de Entendimiento con Irán, el funcionamiento de la justicia y las políticas tributarias.

A punto de ingresar a una nueva etapa de la cuarentena, se supone que más flexible y soportable, el Presidente tiene que empezar a gobernar. En especial, para evitar un nuevo avance de Cristina Fernández, quien parece cada vez más disconforme con su gestión y el desempeño de varios ministros. La nueva embestida, otra vez, sería contra el jefe de gabinete, Santiago Cafiero. Ni bien se declaró la pandemia, dirigentes de La Cámpora lo habían comenzado a atacar.

Esto es en defensa propia. Y para terminar con la mentira.

(Columna publicada en diario La Nación) La estrategia de demolición de periodistas tiene una potencia inusitada y recursos abundantes. La desproporción de fuerzas es abrumadora. De un lado, una sola persona. Del otro, un "grupo de tareas" integrado por una enorme cantidad de individuos y organizaciones diversas. Desde la líder del partido oficialista y vicepresidenta de la Nación , en la primera línea de fuego, hasta lúmpenes que cobran de un Estado municipal por escrachar de manera virtual y física al periodista elegido como blanco de turno.

Esta es la crónica de una estrategia de demolición. Este texto, junto a una serie de demandas penales y civiles contra algunas personas algunos y medios, está siendo presentado ante organismos nacionales e internacionales de defensa de la libertad de expresión. Las demandas son contra quienes me vienen acusando falsamente, y acosando de manera virtual y también física.

Todos parecen tener un poco de razón. Pero no toda. Las autoridades sanitarias de la provincia, cuando dicen que si no se vuelve a fase uno, el sistema de salud se podría saturar. Las de la Ciudad y la Nación, cuando evalúan que ya no se puede volver tan atrás, porque la salud mental de los habitantes del AMBA no lo va a resistir. Y también el exministro Adoldo Rubistein, cuando afirma que la cuarentena no solo se deshilachó, sino que ya se rompió, y que no hay manera de juntar los pedacitos. Pero entonces ¿Qué pasó? ¿Qué se hizo mal? ¿No era que la cuarentena estricta y temprana iba a servir para ganar tiempo y organizarse?

El intento de expropiación de Vicentín, la salida del país de Latam, la posibilidad de última hora de entrar en default y los intentos infructuosos de la vicepresidenta de hacer caer las causas de corrupción, son parte de una carrera loca que está llevando a la Argentina al peor de los mundos: el de la crisis económica más grave de la historia, con el peligro adicional de un costoso desbande político. También se está empezando a hacer trizas la promesa de Alberto Fernández y el improvisado Frente de Todos: el de llenar la heladera de los argentinos, para venir a reparar la política económica de Macri.

Hoy, Eduardo van der Kooy, uno de los periodistas que mejor conoce al Presidente, se pregunta en la tapa de Clarin: “¿Quién manda en el gobierno, Alberto o Cristina?”. Es una pregunta pertinente, porque desde que asumió, el jefe de Estado viene haciendo y diciendo cosas contradictorias. Muy contradictorias. A veces extemporáneas. La mayoría de las veces sorprendentes. Si no fuera un asunto tan delicado, se diría que, algunas de las cosas que afirma y muchas de las cosas que hace, parecen decididas por personas distintas.

Ocupados en cómo atravesar la pandemia primero y en su propia supervivencia, al mismo tiempo, la clase dirigente no piensa en el día después, sino en cómo quedarse con la cuota de poder correspondiente. Al Presidente le quedan tres años y medio de gobierno. Como buen animal político, intentará que sean cuatro más. La Cámpora viene trabajando para la candidatura de Máximo a presidente 2023 desde hace varios años, pero la sombra de Axel Kicillof ha despertado una interna subterránea, que todavía no se terminó de expresar en la superficie.