La Política

El Presidente está estresado. Lo sé, porque cada vez lo veo más cansado, más irritado y menos tolerante. Volví a caer en la cuenta cuando leí el título de la columna de Eduardo Van der Kooy, hoy, en Clarín. Alberto Fernández, desde hace un tiempo, se empezó a enojar con mucha gente. Políticos, economistas, empresarios. Gente con la que hablaba muy seguido, y a veces él mismo llamaba, cuando estaba en el llano, y ahora descalifica de manera pública, como Alfonso Prat Gay.

Si sigue cayendo a este ritmo, cuando termine la pandemia, la imagen del presidente Alberto Fernández podría quedar muy por debajo de la que tenía antes de la cuarentena. Y la economía habrá descendido más del diez por ciento, de acuerdo a la mayoría de los economistas que hacen pronósticos anuales.

La buena decisión original de instaurar una cuarentena estricta lo puso al Presidente en el mejor momento de su vida política. Con índices de aprobación jamás soñados. La flexibilización de la cuarentena lo irá bajando, de manera paulatina, a la tierra de los mortales. Y lo que es peor: lo enfrentará con una economía destrozada. Además pondrá en evidencia las fallas de gestión que hasta ahora aparecían disimuladas o tapadas por el coronavirus.

Está claro cómo y cuándo se saldrá de la cuarentena. No será igual para todo el país. Y cada distrito tendrá sus particularidades. Pero ya se sabe que más amplia será la reapertura a medida que el distrito se acerque a una cifra pretederminada. La cifra que demuestre que el número de contagios se duplica cada 25 días. Hay una confusión sobre el dato: si bien la tasa de duplicación en todo el país ya habría llegado a 26.7 días, en áreas como la ciudad de Buenos Aires todavía no habría alcanzado los 15 días.

¿Por qué el Presidente no se rebela ante el avance de Cristina Fernández y los dirigentes de La Cámpora en el medio de la pandemia? “Porque tiene otras prioridades, como la lucha contra el virus y la salida del canje dentro de dos semanas”, me respondió alguien que lo ve todos los días.

Alberto Fernández es el presidente con más poder de toda la historia reciente de la Argentina. Gobierna por decreto, bajo una emergencia económica, financiera, social, alimentaria, de salud, educación y, como si esto fuera poco, también manda en vastos sectores de la justicia. En los próximos días puede enviar al país al default, y nadie podría evitarlo. Opina sobre todo y sobre todos.

La reunión entre el Presidente y el secretario de Derechos Humanos, Horacio Pietragalla fue muy corta. Alberto Fernández le llamó la atención, le explicó que no podía cortarse solo, y menos pidiendo la prisión domiciliaria o la libertad para casos tan sensibles como el de Ricardo Jaime y Martín Báez y lo despidió. Usó el mismo método que había aplicado con el responsable de la Anses, Alejandro Vanoli, después de aquel viernes negro en el que los jubilados salieron en malón a buscar dinero a los bancos.

Aún atravesados por la pandemia, no es tan difícil entender por qué a la Argentina le va como le va. Solo hace falta leer con detenimiento un par de notas de hoy. Una de Diego Cabot, que aparece en La Nación se titula: “Total paga el Estado. Sobreprecios y corrupción por la ineficacia de las compras”. La otra la firma Jazmín Bullorini, en Clarín. Se presenta así: “Impuesto a los ricos: los K dicen que no toca a la clase media, pero hay dudas”. Como ilustración de la nota, aparece una foto de Máximo Kirchner, y en el epígrafe se puede leer: “El próximo Máximo Kirchner tiene 143 millones de pesos de patrimonio y podría estar gravado”.

El Presidente Alberto Fernández tuvo un gran acierto y varios errores serios. El gran acierto fue dictar el aislamiento y la cuarentena, y comunicarlo con eficacia. No solo puso a la abrumadora mayoría de la sociedad de su lado. Al mismo tiempo convalidó el concepto de autoridad presidencial, que hasta entonces no había logrado. El espaldarazo fue contundente. Las encuestas le empezaron a sonreír. Y él, aunque dice que no le presta atención, las recibe y toma nota.

(Columna publicada en Diario La Nación) Tiene razón Longobardi: la curva de contagios del coronavirus no se va a aplanar amenazando a Rocca, accionista mayoritario de Techint. Tampoco haciendo sonar las cacerolas para que los diputados y senadores nacionales donen parte de sus dietas. No hay que ser muy despabilado para entender que lo ideal sería que ninguna empresa tuviera que despedir a ningún trabajador en medio de la pandemia . Pero la pregunta inevitable es qué emprendimiento, pequeño, mediano o grande, podría mantenerse en pie con la actividad paralizada a nivel cero. O, en todo caso, durante cuánto tiempo. La respuesta no es difícil: pocos, casi ninguno.